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METAFÍSICA #2: HEIDEGGER VS ESTÉTICA

Posted in Metafísicas with tags , , , , , , on 12 noviembre, 2010 by teseos30

Les presento el texto íntegro de la ponencia que leí el día miércoles 10 de noviembre de 2010 en la Facultad de Filosofía de la UAQ, en la mesa de Filosofía Contemporánea, en el marco de las celebraciones del 8º día Internacional de la Filosofía. Son ideas que necesariamente requieren de pulimento y profundización, pero todo pensar digno de tal nombre emerge de un modesto germen. A ver qué les parece:

 

HEIDEGGER VS ESTÉTICA

Es más que un tópico desgastado señalar la influencia que ha ejercido el pensamiento de Martin Heidegger en la historia reciente de la filosofía. Mucho se ha remachado sobre su doble condición de santón y villano del pensar. Rey secreto del pensamiento o sibilino charlatán; creador de pseudo-problemas, de retóricas e intragables cortinas de humo. Sí, es ya demasiado lo que se ha hablado y escrito; sin embargo, conscientemente caigo en el tópico y voluntariamente insisto en él. En primer lugar, porque me da la gana; ustedes me invitaron y ahora se aguantan. En segundo lugar, porque sin empacho confieso —una vez más— mi simpatía por la obra del susodicho: con orgullo y cinismo me reconozco heideggeriano recalcitrante, remiso y a ultranza. Aclarado el asunto, procedo a señalar las coordenadas del itinerario del día de hoy: Heidegger, estética, poesía, arte y muerte del arte.

 

La influencia del “corpus” heideggeriano no se ha limitado a nuestra disciplina. Siguiendo caminos tortuosos —no siempre rastreables a suficiencia, y no exentos de paradas en el snobismo pseudointelectual— nuestro Meister se ha convertido también en tópico en la insigne e ingente nebulosa del arte: esa que incluye su producción, difusión, crítica y comercialización. Una respetable cantidad de artistas, curadores, museólogos, críticos, especialistas y marchantes echan inopinada mano del pensamiento del filósofo de la Selva Negra para justificar obras, discursos, montajes, exposiciones y avalúos; o también para encumbrar o hundir artistas. No importa el nivel de comprensión que ostente el personaje del caso: la sola mención de la tríada Dasein—Heidegger—“existencialismo” ejercen un congelante poder de fascinación sobre públicos, lectores y audiencias. Basta su sola invocación para garantizar que en verdad se sabe de arte y pensamiento; de que ha hecho uno la tarea, de que se es un esteta experto, hecho y derecho.

 

El interés que Heidegger mostró sobre poesía y arte —reducido éste a las obras de arte visual y arquitectónico— parecieran justificar esta recurrente invocación. Sin embargo, penetrar más en el asunto nos mostraría la triste y árida realidad —una que seguramente no les gustaría mucho a nuestros amigos—: Heidegger no hace estética. Nada hay en él que nos autorice a deducir categorías ni valores de juicio, horizontes de interpretación, cánones, aparatos críticos, normas o productos similares, anexos, conexos y derivados. El horizonte en el que sitúa su pregunta sobre la esencia de la poesía y la obra de arte visual, es anterior a la tematización a la que la conciencia estética las somete por consigna y tradición. Arte y poesía son desentrañados desde un territorio que tiene preeminencia sobre cualquier otro: la pregunta directiva que interroga por el sentido del ser, la explanación del fenómeno del tiempo y la hermenéutica existenciaria del Dasein. Resumiendo: desde el originario horizonte que, abandonado por la tradición, busca reinaugurar la ontología fundamental. Desde la dirección que imponen estos cuestionamientos es que poesía y arte interesan a Heidegger y sólo desde esa dirección. Inútil sería buscar otro enfoque o pretender deducir principios para dirimir dudas y disputas sobre la calidad artística o poética de una obra x o y. Eso alcanza, obviamente, a su valoración monetaria y mercantil. Así que, marchantes, ¡absténganse!

 

A Heidegger no le interesa el “valor estético” del poema o de la obra; éstos últimos sólo son destacables si cumplen con la peculiar y fundamental misión a la que son llamados por su propia esencia:

 

a)      hacer patente el conflicto que subyace a la distinción entre ser y ente; que subyace a la verdad misma en tanto aletheia: encubrimiento-develación del ser en el ente.

b)      hacer patente cómo ese conflicto compromete y confronta al Dasein con su propia entidad y su capacidad de —por lo menos— precomprender al ser e interrogarse por él,

c)      hacer patente la esencial pertenencia del Dasein a su propia mundanidad, temporalidad e historicidad,

d)      hacer patente la violencia —el inevitable atropello— que todo lenguaje —incluido el artístico— ejerce sobre el ser, sobre lo ente y sobre sí mismo en cuanto comparte la forma de ser del Dasein: todo hablar abre un claro donde se destaca y diferencia el ente del ser, pero que emboza a la par su sentido y lo obscurece. Todo hablar nos acerca y nos aleja, a la vez, de aquello que nos expresa o pretende expresar.

 

Todo ello tiene preeminencia y preferencia sobre cualquier otra forma de experimentar arte y poesía, y de teorizar sobre ambos. En su conferencia sobre “Hölderlin y la esencia de la poesía”, Heidegger lo deja muy en claro despojando a la poesía de todo valor cultural, estético, místico, delectante, expresivo y lúdico:

 

“No es la poesía un simple y adventicio adorno del Dasein, ni transitoria exaltación espiritual, entusiasmo o entretenimiento. La Poesía es el fundamento y soporte de la historia; no una simple manifestación cultural, menos aún ‘expresión’ del ‘alma de una cultura’”[1]

 

El arte, la poesía —antes que “productos culturales”, objetos de estudio, veneración, admiración, conservación, restauración y especulación mercantil— son formas señaladas y privilegiadas de la existenciaria lingüisticidad del Dasein: trascienden el nivel de la llana comunicación, de la simple estructura sintáctica y semántica, del estilo y la forma. Poesía y arte tienen un grave compromiso con lo que mientan: el ser, lo ente, el Dasein, la temporalidad, la historicidad, el fundamento y su ausencia. La Nada incluso. Su compromiso es, precisamente, fundamental: “fundación por la palabra y sobre la palabra”[2], “poner al descubierto al Ser, para que en él aparezca el ente”[3] y poner “la verdad en obra”[4]. Su tradicional vinculación con la belleza —e incluso su reducción a ella— se rompe y desvanece ante la primacía de la verdad del ser develándose a través de ellos:

 

“La verdad es el desocultamiento de lo ente en cuanto ente. La verdad es la verdad del ser. La belleza no aparece al lado de esta verdad. Se manifiesta cuando la verdad se pone en obra. Esta manifestación… es la belleza. Así, lo bello tiene lugar en el acontecer de la verdad. No es algo relativo al gusto…”[5] sino a la vivencia de esa verdad. La esencia del arte, entonces, “se comprende tan poco a partir de la belleza tomada en sí misma como a partir de la vivencia.”[6]

 

La reducción del problema del arte, su creación, interpretación y recepción al problema de la belleza y su canon se ciegan a su condición fundamental. Por eso mismo, en la citada conferencia sobre Hölderlin, Heidegger admite la superioridad formal-estética de otros poetas sobre aquél; pero aclara que lo ha elegido porque en su obra se hace patente, de manera efectiva, la reflexión de la poesía sobre su propia esencia y su relación con la verdad. El ser y su develación priman sobre la belleza, sobre el carácter formal y sobre la materialidad de la obra misma. La obra tiene una tarea que debe cumplir al margen de cualquier opinión estética más o menos documentada o respetable: debe poner en obra, en acción, la verdad del ser. La belleza, la forma, el estilo, la plusvalía; son totalmente secundarios a la luz de esta tarea y su cumplimiento. La estética, desde este punto de vista, nunca encontrará suelo pues se limita el ser de la obra a su inmediato “ser cosa”, ente que no supera el nivel de ser “ante los ojos”. Ello nos hace patente, además, el atropello que ejercen los actores involucrados en lo que ahora da en llamarse “consumo artístico” o “consumo cultural”. Abordar al arte desde esta perspectiva, lo reduce a esa primitiva coseidad y neutraliza su vital rendimiento simbólico, vivencial y ontológico: lo degrada de escenario de la revelación-ocultamiento del ser al nivel del útil y la cosa. Por lo general, la obra se comercializa, se difunde y se exhibe por razones absolutamente ajenas a ella misma, su origen y sus alcances.

 

Otro aspecto que nos muestra, asimismo, el carácter no estético del pensamiento heideggeriano sobre arte y poesía es su afirmación de que el ser del Dasein es poético: “poéticamente es como el hombre hace de esta tierra su morada”[7] y de que es la vivencia del Dasein la que da ser, vida y sentido a la obra. Agotándose esa vivencia y esa apropiación del mundo a través de la obra por parte del poeta, el artista y el público, se agota el arte mismo e, irremediablemente, muere[8]. La estética, la crítica, la comercialización, fallan rotundamente en su apropiación de obra y poesía, pues lo hacen a través de la congelación de la obra en su ser cosa, en su ser objeto entre objetos, en su ser mercancía; despojándola de su carácter vivencial, de experiencia vital que compromete al Dasein con el ser y con su propio ser.

 

Para Heidegger, como en Hegel, el arte está condenado a muerte —y con él la estética y sus periféricos—, pero no por el cumplimiento de un despliegue del Espíritu que puede prescindir en su nivel del arte y su experiencia; sino porque la vivencia originaria que se expresa en el arte y que experimenta el Dasein del caso ante la obra, necesariamente se va apagando y perdiendo a través de los siglos. Tal como dice Heidegger que pasa en la historia de la filosofía y de la cultura occidental: las experiencias originarias se van ocultando, desvirtuando y anquilosando bajo las capas endurecedoras que la tradición va arrojando sobre ellas. Quizá es por eso que ahora en el arte muchos son los que vuelven al origen: los unos porque no tienen nada nuevo que decir; los otros —los menos— porque reconocen que el origen sigue resonando, oculto bajo el concierto de quienes lo desestimaron, pues todavía tiene mucho que decir. Gracias.

 

José María Guadalupe Cabrera Hernández

 


[1] Heidegger, Martin. Hölderlin y la esencia de la poesía. Trad. Juan David García Bacca. Ed. Anthropos. Col Pensamiento crítico/pensamiento utópico nº 46. España 1989; pág. 31.

[2] Idem., pág. 29.

[3] Ibid.

[4] Heidegger, Martin. Caminos de bosque. “El Origen de la obra de arte”. Versión de Helena Cortés y Arturo Leyte. Alianza Editorial. Ensayo nº 073. España, 1998; pág. 58.

[5] Ibid.

[6] Idem, pág. 59.

[7] Heidegger, M. Hölderlin y la esencia de la poesía; pág. 37.

[8] Cf. Heidegger, Martin. Caminos de bosque. “El Origen de la obra de arte”; pág. 58.

 

KERIGMATA #1: 8º DÍA INTERNACIONAL DE LA FILOSOFÍA EN LA UAQ

Posted in Kerigmata with tags , , on 8 noviembre, 2010 by teseos30

BIBLIOFAGIA #1: “INCISIONES SOBRE ESCISIONES” DE JUAN HORACIO GARIBAY

Posted in Bibliofagias with tags , , , , , , on 21 octubre, 2010 by teseos30

Hace ocho años tenía mis serias reservas sobre esto de la “blogueada”; pensaba, en base a los casos vistos, que era cosa de quinceañeras (os) caguengues, babosos y exhibicionistas y nada más. Será que me he vuelto caguengue, baboso y exhibicionista de tanto convivir con adolescentes —o quizá no—. La cosa es que ya le he entrado a este rollo y, la verdad sea dicha, sí me late. Le ofrece a uno la oportunidad de expresar cosas que, a pesar de ser buenas, a veces parecían condenadas a quedarse en el tintero.

 

Pero, ¿por qué hago referencia a ocho años atrás? Pues porque el otro día entre el relajo de mis libros me encontré un ejemplar de la obra “Incisiones sobre escisiones”, de mi amigo Juan Horacio Garibay. Al encontrarlo —todo polvoso— me vinieron recuerdos de la vez que fui invitado a formar parte de la mesa que presentaría ese libro en la Sala Audiovisual de la Facultad de Filosofía de la UAQ, hace precisamente ocho años. En la mesa, además de mi estimado cuate Juan Horacio, se encontraba mi amigo y maestro Antonio Arvizu Valencia, todo un expertazo de la Estética. Menuda tarea compartir la mesa con gente tan genial; se siente uno algo cohibido (bueno, nomás tantito).

 

Al tener el polvoriento libro en mis manos recordé que en algún lugar debería estar el texto que redacté para leer en esa ocasión. Ayer, después de voltear la computadora al revés, apareció el escrito de marras. Tanto el libro como el texto conservan su energía y su espíritu; dignos de aparecer en este renegado y renegón espacio. Por eso les presento mi lectura, a ver si se animan a asomarse a la obra completa de Juan Horacio, un tipo de cuidado y gran talento. ¡Salud!

 

Garibay, Juan Horacio

dosfilos editores

colección: única

Zacatecas, México 2002

 

Incisiones sobre escisiones es, ciertamente, un libro al que no se puede ignorar o menospreciar. Un libro provocativo, exasperante, irritante. Es, ante todo, y quizá contra su intención, un libro congruente, tanto con su propio nombre como con lo que éste nombra: hace incisiones sobre escisiones, insiste y remacha sobre fronteras señaladas y cardinales, por lo menos en lo que respecta a la cultura occidental: las existentes entre la “ontología y la poética, entre lo decible, el deseo y lo indecible; o mejor todavía, entre la escritura, la repetición y Dios”[1]. Tocar puntos neurálgicos tarde o temprano nos lleva, evidentemente, a la neuralgia y a ella nos conduce ciertamente el libro de Juan Horacio Garibay. Nos lleva al vértigo del que oscila sin reposo entre la literatura y la filosofía; del que vaga entre ambas sin atarse a ninguna, pero impregnándose de ellas.

 

Garibay, en el proemio a su libro, nos dice que el de la escritura es el único riesgo que asume. ¿Cómo se podría interpretar tal afirmación? ¿Como la advertencia de un poeta que se abalanza, con fruición y angustia, sobre el abismo de lo inefable? ¿Como el anuncio jactancioso y temerario de un escritor que sabe que su oficio reúne en sí, y entre otras cosas, la jactancia y la temeridad? ¿Como la afirmación de uno que sabe que la apuesta por la literatura, aun ceñida por el aura del arte, como cualquier otra apuesta, entraña en sí la posibilidad de ver frustradas las propias expectativas (incluso, las de no generar ninguna expectativa, o, en este caso, a las de no adherirse “doctrinariamente a nada”, a las de sujetarse a la “lógica del azar”)? ¿Como la despedida de alguien que va a emprender un itinerario imposible y, por tanto, único?

 

O, tomando en cuenta el espacio en el que hoy se presenta su libro, a saber, el espacio de la filosofía académica, del pensar hecho institución, del sínodo grave y circunspecto que exige la argumentación rigurosa, ¿no será la advertencia de alguien que sabe que la proximidad de los lindes y caminos de la literatura y la filosofía las convierte, a lo más, en vecinas (ora cómplices ora pendencieras), pero que nunca las identifica? ¿Habla entonces uno que sabe que “una cosa es contar cuentos de los entes y otra es apresar el ser de los entes”[2], como decía Heidegger? ¿Habla uno que recuerda que aún resuena la voz emblemática del Platón de la República señalando que “es ya antigua la discordia entre la filosofía y la poesía”[3]? Lo cierto es que habla uno que reconoce y afirma lapidariamente que “el filósofo, a diferencia del poeta, quiéralo o no, está comprometido con la verdad”[4] y que este compromiso (asumido o no) establece una escisión entre el escritor y el filósofo. Garibay afirma pues que asume únicamente el riesgo de escribir, el riesgo de transitar por un territorio que no se compromete con la verdad, sino que es escenario “del azar, la sorpresa y la eclosión”[5], y lo afirma precisamente en la cueva del lobo: en esta, la casa del concepto, del logos que se enfrenta al mythos, de la episteme que exilia a la poesía hacia el dominio de la doxa. Se antoja, quizá, una batalla campal o, algo más común, una mutua indiferencia.

 

Pero, estamos de suerte, que Garibay nos lleva presta y atinadamente hacia la paradoja, hacia esa incómoda tierra de nadie y de todos: aun oponiéndose a la filosofía, Garibay nos dice que “la poesía continúa apestando a Apolo porque recurre fatalmente al concepto”[6]. Así, aun a pesar de su brillante hybris, cae Garibay fatalmente en las garras de Sofía, como cualquiera que ha probado su caricia alguna vez: bien lo supo Platón cuando entregó su poesía a las llamas. Hablando sobre Novalis, Garibay nos recuerda que, de la muerte del filósofo, “de esa muerte surge el poeta”[7]. Pero esta es una frase reversible: aquí surge la filosofía (quiérase o no) de entre las cenizas de la poesía. Asumir el riesgo de la escritura implica aceptar una frase de Nietzsche que Garibay mismo inserta en el segundo ensayo de su libro y que sentencia que “la palabra actúa primero sobre el mundo de lo conceptual, y sólo desde él lo hace sobre el sentimiento; más aún: con bastante frecuencia no alcanza… su meta, dada la longitud del camino”[8]. La oscilación entre poesía y filosofía, por lo menos en el libro de Garibay, quizá se deba a que, al llegar a una, nos rechaza y nos arroja sobre la otra y viceversa.

 

Todo se trata de lindes y territorios al fin y al cabo: de hacer incisiones sobre las escisiones que presentan y padecen, ya sea de grado o por fuerza, tanto la literatura como la filosofía en sus propios desarrollos. Garibay plantea un oximoron: según sus propias palabras, en su libro pretende “desplegar un conjunto amorfo y fragmentario de ensayos que no se unen doctrinariamente a nada, ni explicitan verdades, sino que tienen el propósito de descubrir el territorio de la indefinición para dar paso a una imprecisa articulación de formas”[9]. Nos advierte que, a pesar de cualquier intento de ubicar sus disquisiciones dentro de ciertas tendencias del pensamiento, “su continuidad y su relación responden a la lógica del azar donde, como se sabe, sólo puede caber la sorpresa”[10]. Todo esto con la conciencia de que el territorio define y la lógica conjura el azar. Se arroja de lleno a las paradojas, quizá con plena convicción de esa frase suya que afirma que “el filósofo, inevitablemente, cae en paradojas: siempre quiere decir más de lo que se puede decir o decir lo que no se puede decir…”[11]

 

Es difícil la aventura que emprende Garibay: encerrar la indefinición en la escritura y, encima, montar el azar en la elegancia erudita de un lenguaje que, paradójicamente (como todo en este libro), abomina de la erudición (por lo menos esa parece ser su intención). Paradójicamente, Incisiones sobre escisiones, es un libro que requiere de la erudición; tanto para montar su elogio como para denostarlo. Paradójicamente, para establecer lo que hace de cada ensayo la exploración de una escisión, requiere de esa lógica que, según Garibay, “por definición encierra autoritarismo”[12].

 

Como mi erudición es poca y fracasé en un ejercicio de lógica del azar, al leer el trabajo de Garibay puse más atención a mis favoritos de siempre una vez que los encontré en el libro: Heidegger, Nietzsche, Bataille, Kafka, puestos bajo la lupa de una manera muy inteligente. Es también de señalarse la interesante caracterización de sadismo y masoquismo que Garibay realiza en el sexto ensayo. Sobre el resto sólo puedo decir que Garibay se muestra como un gran conocedor de los literatos claves de la literatura moderna, de ello dan fe la exquisitez y minuciosidad de los discursos que describen los universos e infiernos (internos y externos) de Ducasse, Novalis, Joyce, Baudelaire y Trakl. Con maestría los une para incitarnos a la pregunta por la relación entre la vida, el arte y la filosofía: es decir, a lo que es propio del filósofo. La canción es para el poeta.

 

Incisiones y escisiones es un libro que vale la pena leer si se piensa lo que nos dice Garibay en la página 92: que “es demasiado estólido apostar a la racionalidad cuando lo irracional se impone”. Vale la pena también porque nos da la oportunidad de invertir y distorsionar la frase en un momento en que, como el actual, es más que pertinente invertirla y distorsionarla: “es demasiado estólido apostar a lo irracional cuando lo racional es necesario”.

 

Post scriptum RENEGÓN

Me atrevo a decir lo siguiente sin el menor ánimo de ofender. Incisiones sobre escisiones sería un libro perfecto, a mi juicio, sin la presencia del buen Dios. Como muchos dicen de Descartes, pienso que Garibay no necesitaba invitarlo a su libro. Pero esa es sólo mi opinión. Gracias.

 

José María Guadalupe Cabrera Hernández


[1] Garibay. Incisiones sobre escisiones, p. 9

[2] Heidegger, Ser y Tiempo, p. 49

[3] Platón. República X, 607b

[4] Garibay, Incisiones sobre escisiones, p. 17

[5] Id., p. 104

[6] Id., p. 17

[7] Id., p. 70

[8] Id., pp. 17-18

[9] Id., p. 9

[10] Ibid.

[11] Id., p. 17

[12] Id., p. 104