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QUERETANEIDAD #1: DEL QUERETANO MESTER DE LLAMAR A LA PUERTA

Posted in Queretaneidades with tags , , , , on 27 julio, 2010 by teseos30

Mi padre insiste mucho en la idea de que los humanos somos lo mismo en todas partes, y que es necio y tonto insistir en la diferencia entre comunidades dedicándose al vácuo quehacer de describir con lupa  los diversos modos de ser, comportarse, hablar, comer,  vestir y copular, así como los atavismos, tabúes y cosas similares y conexas que se resumen en el fantasmal concepto de “idiosincrasia”: para él, bajo toda esa parafernalia todos somos lo mismo . De algún modo, con ello mi padre defiende la idea de la existencia  de algo así como una “naturaleza humana” inmutable.

Sin entrar en la pesada tarea de refutar tal postulado implícito, debo decir que no concuerdo con sus afirmaciones explícitas. Podremos tener los humanos muchas cosas en común, pero me cae que la idiosincrasia es algo tremendo. No respeta ni clases ni sexos ni condiciones económico-político-sociales ni mucho menos formaciones académicas. La idiosincrasia mueve sus hilos y se mete en todas partes: desde el puesto de taquitos de la esquina hasta los cubículos universitarios, desde los arrabales hasta las casas de la “gente bien” (¿os habéis dado cuenta…?). No importa de qué nos disfracemos o qué papel caractericemos: tarde o temprano nuestra provincia asoma la cabeza y nos pone en evidencia.

¿Por qué traigo a cuento todo esto? Pues porque con esta entrada inauguraré mis reflexiones sobre la idiosincrasia queretana -la cual sostengo a ultranza que existe, me cae que existe-. Sin embargo, antes debo dejar en claro lo siguiente:

a) No soy queretano de nacimiento ni por adopción. Soy más bien un chilango transterrado que, aunque perdió su carácter de chilango pleno desde temprana edad, conserva bastante de la idiosincrasia del “Defectuoso”; pero, por otro lado, me he convertido -poco a poquito y “sin querer queriendo”- en un amante a ultranza de Querétaro, tanto así que si la Huesuda mañana viniese por mí, me iría contento por disolverme en la nada desde esta bella e incomparable ciudad.

b) Mi relación con los queretanos ha sido ambivalente: en momentos ha sido de lo peor y en otros he tenido experiencias sublimes con la gente de este numinoso lugar. Así que mi percepción nunca será objetiva: transitaré siempre del odio al amor y viceversa. Ya lo verán claramente ustedes en entradas posteriores.

c) Todo lo que escriba en esta y otras entradas no busca ni ensalzar ni ofender a los ilustres habitantes de esta urbe divina: sólo es un exabrupto de un amante-odiante de los mismos; el erupto del que acaba de darse un buen festín, tanto con platos sanos como con los que más daño hacen a nuestros aparatos digestivos.

d) Todo lo que escriba en esta y otras entradas es porque se me dio la real gana.

Y bien, comenzaré con el tema del queretano que llama a la puerta. No importa a qué hora la toque:  en la solitaria madrugada, bajo el ardiente sol queretano del mediodía, en los crepúsculos borgianos -de Borges, no de Lucrecia- o en la hechicera medianoche de Ndamaxei. Un queretano (o queretana) tocando a la puerta es lo que me ocupa hoy. La gracia de esta persona es que nunca contesta cuando uno pregunta “¿quién es…?” Pareciera que el solo requerimiento de que devele su identidad lo paraliza y petrifica. No importa a lo que se dedique: vendedor de botellones de agua purificada, de flores, de tortillas de tazcal, de jarciería, de pan, “misionero” de la parroquia a la que pertenezca nuestro hogar, amigo, vecino, incluso mi casero. A la pregunta de marras responden siempre -y poéticamente- con el silencio, aunque se alcancen a ver sus patas debajo del zaguán.

Algo similar pasa cuando buscan a alguien por teléfono y no lo encuentran:

-¿Está Fulanita?-

-No, pero si quiere puede dejarme el recado y cuando la vea le digo. ¿Quién le habla? –

-…-

-¿Perdón? ¿Quién le habla?-

-Esteeee… esteee… mejor-yo-luego-li-hablo ( y cuelga el muy jijo o jija)

-¡$%&/$%&#!

¿Qué les pasa? Si algo me llama la atención de esta situación es precisamente esa negativa sistemática a revelar la propia identidad. Me llama la atención precisamente por esa involucración del problema de revelar la identidad y el propio ser -el cual, como dijo Heidegger,  siempre nos va en nuestro ser-. Revelar quién se es equivale casi a entregarse uno mismo en esa revelación, y a alguien conocí que me enseñó que entregarse siempre es doloroso…

Pero, ¡bueh!, quién sabe si en verdad se trate de un atavismo onto-metafísico, de un sincero pasmo ante una pregunta que -viéndolo bien-  tuvo en vilo  al buenazo de Sócrates y no a pocos les cuesta la vida completa contestar,  o simplemente que no se nos quita lo ranchero. Quién sabe.

La cosa es que ya están tocando la puerta.  Quién-sabe-quién-chingados-será…

Χαίρετε!