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EXABRUPTO #5 / CEDART: ARTE, HUMANISMO, EDUCACIÓN, LIBERTAD

Posted in Exabruptos with tags , , , , , on 7 julio, 2011 by teseos30

“La violencia es el último recurso del incompetente”.

Isaac Asimov

Aun resonando con relativa fuerza en nuestras mentes, en las deficiencias y carencias de nuestra nación, así como en los rostros desencantados de nuestro pueblo, el eco de las lecciones aportadas por nuestra historia reciente, pareciera que decidimos hacer caso omiso de ellas. Aun siguen sin restañarse las heridas centenarias que dieron origen a la Revolución de 1910, que fueron olímpicamente olvidadas por sus sátrapas, caudillos y caciques, que siguen clamando por solución, y parece que nos encaminamos irracional e inhumanamente hacia una nueva debacle.

Parece que de nada sirvió el corroborar a lo largo del siglo —en cientos de aulas rurales y urbanas— que la única vía a una vida digna de llamarse humana es la de la educación amorosa y apasionada de la juventud, la del humanismo entendido como el cultivo y la exaltación de las cualidades superiores del hombre, la del arte consciente y concientizador; ajeno a los elitismos, a la lógica del dinero y el mercado, que se resiste a ser una herramienta más de control y enajenación.

Parece que todo se nos ha olvidado, que hemos tapiado nuestros oídos y nuestra memoria a la voz de los grandes maestros que en algún momento de nuestra vida nos abrieron los ojos. Dormir, aletargarnos, callar, obviar, delegar; entregarnos al individualismo, al egoísmo, a la diversión vana, a la negligencia y la pereza. Construir una Nación de la Desidia. Ese parece ser ahora nuestro afán como pueblo. Hacer como que no pasa nada mientras la realidad vergonzante que todos hemos construido no nos toque un pelo. Hacer que no pasa nada mientras la violencia asola nuestra Patria.

Y, ¡ay de aquellos que se atrevan a levantar la voz contra este aquelarre demencial! ¡Ay de aquellos que se atrevan a luchar y a oponerse con todas sus fuerzas contra este impulso de miseria y destrucción! ¡Ay de aquellos que se atrevan a pedir paz, justicia y libertad! Muchos, de entre el mismo pueblo —lamentablemente— se mofarán de ellos, los insultarán, los menospreciarán y los tacharán de locos.

Pues, a pesar de todo ello, nosotros nos atrevemos. Nos levantamos —sin duda ni reserva— en nombre del arte, la filosofía, la ciencia, el humanismo, la paz, la libertad y la justicia. ¡Aquí estamos! ¡Aquí están las primeras enseñanzas de los artistas y humanistas del mañana! ¡Aquí están nuestros jóvenes y su arte nuevo y esplendente! ¡Aquí su vitalidad, su energía y capacidad creadora! ¡Aquí sus primeros pasos en un camino que puede conducirlos —y conducirnos— a la construcción de una nación próspera y digna! ¡Aquí los que pueden oponer su alegría y amor a la barbarie!

Los invitamos a contemplar los deliciosos y hermosos frutos de esta cosecha temprana que año tras año CEDART “Ignacio Mariano de las Casas” ofrece a ustedes; a aquilatarlos tanto en su carácter novel como en su promisorio valor. Pensamos que la educación y el arte son la única estrategia sensata para resolver los problemas y contradicciones de nuestra sociedad, y tratamos de inculcar esa convicción y entusiasmo en nuestros jóvenes. Esperamos haberlo logrado. Pero ahora el juicio es de ustedes.

Los invitamos a visitar esta muestra, del 8 de julio al 14 de agosto de 2011, en la Galería Libertad, ubicada en Andador Libertad #56, Centro Histórico, en la ciudad de Querétaro, Qro. De lunes a domingo, de 10:00 a 20:00 hrs.

Teléfono: 214 23 58

Lic. José María Guadalupe Cabrera Hernández

Prof. de Filosofía, Estética y del

Área de Artes Plásticas

CEDART “Ignacio Mariano de las Casas”

Santiago de Querétaro, Qro.

Junio de 2011

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METAFÍSICA #2: HEIDEGGER VS ESTÉTICA

Posted in Metafísicas with tags , , , , , , on 12 noviembre, 2010 by teseos30

Les presento el texto íntegro de la ponencia que leí el día miércoles 10 de noviembre de 2010 en la Facultad de Filosofía de la UAQ, en la mesa de Filosofía Contemporánea, en el marco de las celebraciones del 8º día Internacional de la Filosofía. Son ideas que necesariamente requieren de pulimento y profundización, pero todo pensar digno de tal nombre emerge de un modesto germen. A ver qué les parece:

 

HEIDEGGER VS ESTÉTICA

Es más que un tópico desgastado señalar la influencia que ha ejercido el pensamiento de Martin Heidegger en la historia reciente de la filosofía. Mucho se ha remachado sobre su doble condición de santón y villano del pensar. Rey secreto del pensamiento o sibilino charlatán; creador de pseudo-problemas, de retóricas e intragables cortinas de humo. Sí, es ya demasiado lo que se ha hablado y escrito; sin embargo, conscientemente caigo en el tópico y voluntariamente insisto en él. En primer lugar, porque me da la gana; ustedes me invitaron y ahora se aguantan. En segundo lugar, porque sin empacho confieso —una vez más— mi simpatía por la obra del susodicho: con orgullo y cinismo me reconozco heideggeriano recalcitrante, remiso y a ultranza. Aclarado el asunto, procedo a señalar las coordenadas del itinerario del día de hoy: Heidegger, estética, poesía, arte y muerte del arte.

 

La influencia del “corpus” heideggeriano no se ha limitado a nuestra disciplina. Siguiendo caminos tortuosos —no siempre rastreables a suficiencia, y no exentos de paradas en el snobismo pseudointelectual— nuestro Meister se ha convertido también en tópico en la insigne e ingente nebulosa del arte: esa que incluye su producción, difusión, crítica y comercialización. Una respetable cantidad de artistas, curadores, museólogos, críticos, especialistas y marchantes echan inopinada mano del pensamiento del filósofo de la Selva Negra para justificar obras, discursos, montajes, exposiciones y avalúos; o también para encumbrar o hundir artistas. No importa el nivel de comprensión que ostente el personaje del caso: la sola mención de la tríada Dasein—Heidegger—“existencialismo” ejercen un congelante poder de fascinación sobre públicos, lectores y audiencias. Basta su sola invocación para garantizar que en verdad se sabe de arte y pensamiento; de que ha hecho uno la tarea, de que se es un esteta experto, hecho y derecho.

 

El interés que Heidegger mostró sobre poesía y arte —reducido éste a las obras de arte visual y arquitectónico— parecieran justificar esta recurrente invocación. Sin embargo, penetrar más en el asunto nos mostraría la triste y árida realidad —una que seguramente no les gustaría mucho a nuestros amigos—: Heidegger no hace estética. Nada hay en él que nos autorice a deducir categorías ni valores de juicio, horizontes de interpretación, cánones, aparatos críticos, normas o productos similares, anexos, conexos y derivados. El horizonte en el que sitúa su pregunta sobre la esencia de la poesía y la obra de arte visual, es anterior a la tematización a la que la conciencia estética las somete por consigna y tradición. Arte y poesía son desentrañados desde un territorio que tiene preeminencia sobre cualquier otro: la pregunta directiva que interroga por el sentido del ser, la explanación del fenómeno del tiempo y la hermenéutica existenciaria del Dasein. Resumiendo: desde el originario horizonte que, abandonado por la tradición, busca reinaugurar la ontología fundamental. Desde la dirección que imponen estos cuestionamientos es que poesía y arte interesan a Heidegger y sólo desde esa dirección. Inútil sería buscar otro enfoque o pretender deducir principios para dirimir dudas y disputas sobre la calidad artística o poética de una obra x o y. Eso alcanza, obviamente, a su valoración monetaria y mercantil. Así que, marchantes, ¡absténganse!

 

A Heidegger no le interesa el “valor estético” del poema o de la obra; éstos últimos sólo son destacables si cumplen con la peculiar y fundamental misión a la que son llamados por su propia esencia:

 

a)      hacer patente el conflicto que subyace a la distinción entre ser y ente; que subyace a la verdad misma en tanto aletheia: encubrimiento-develación del ser en el ente.

b)      hacer patente cómo ese conflicto compromete y confronta al Dasein con su propia entidad y su capacidad de —por lo menos— precomprender al ser e interrogarse por él,

c)      hacer patente la esencial pertenencia del Dasein a su propia mundanidad, temporalidad e historicidad,

d)      hacer patente la violencia —el inevitable atropello— que todo lenguaje —incluido el artístico— ejerce sobre el ser, sobre lo ente y sobre sí mismo en cuanto comparte la forma de ser del Dasein: todo hablar abre un claro donde se destaca y diferencia el ente del ser, pero que emboza a la par su sentido y lo obscurece. Todo hablar nos acerca y nos aleja, a la vez, de aquello que nos expresa o pretende expresar.

 

Todo ello tiene preeminencia y preferencia sobre cualquier otra forma de experimentar arte y poesía, y de teorizar sobre ambos. En su conferencia sobre “Hölderlin y la esencia de la poesía”, Heidegger lo deja muy en claro despojando a la poesía de todo valor cultural, estético, místico, delectante, expresivo y lúdico:

 

“No es la poesía un simple y adventicio adorno del Dasein, ni transitoria exaltación espiritual, entusiasmo o entretenimiento. La Poesía es el fundamento y soporte de la historia; no una simple manifestación cultural, menos aún ‘expresión’ del ‘alma de una cultura’”[1]

 

El arte, la poesía —antes que “productos culturales”, objetos de estudio, veneración, admiración, conservación, restauración y especulación mercantil— son formas señaladas y privilegiadas de la existenciaria lingüisticidad del Dasein: trascienden el nivel de la llana comunicación, de la simple estructura sintáctica y semántica, del estilo y la forma. Poesía y arte tienen un grave compromiso con lo que mientan: el ser, lo ente, el Dasein, la temporalidad, la historicidad, el fundamento y su ausencia. La Nada incluso. Su compromiso es, precisamente, fundamental: “fundación por la palabra y sobre la palabra”[2], “poner al descubierto al Ser, para que en él aparezca el ente”[3] y poner “la verdad en obra”[4]. Su tradicional vinculación con la belleza —e incluso su reducción a ella— se rompe y desvanece ante la primacía de la verdad del ser develándose a través de ellos:

 

“La verdad es el desocultamiento de lo ente en cuanto ente. La verdad es la verdad del ser. La belleza no aparece al lado de esta verdad. Se manifiesta cuando la verdad se pone en obra. Esta manifestación… es la belleza. Así, lo bello tiene lugar en el acontecer de la verdad. No es algo relativo al gusto…”[5] sino a la vivencia de esa verdad. La esencia del arte, entonces, “se comprende tan poco a partir de la belleza tomada en sí misma como a partir de la vivencia.”[6]

 

La reducción del problema del arte, su creación, interpretación y recepción al problema de la belleza y su canon se ciegan a su condición fundamental. Por eso mismo, en la citada conferencia sobre Hölderlin, Heidegger admite la superioridad formal-estética de otros poetas sobre aquél; pero aclara que lo ha elegido porque en su obra se hace patente, de manera efectiva, la reflexión de la poesía sobre su propia esencia y su relación con la verdad. El ser y su develación priman sobre la belleza, sobre el carácter formal y sobre la materialidad de la obra misma. La obra tiene una tarea que debe cumplir al margen de cualquier opinión estética más o menos documentada o respetable: debe poner en obra, en acción, la verdad del ser. La belleza, la forma, el estilo, la plusvalía; son totalmente secundarios a la luz de esta tarea y su cumplimiento. La estética, desde este punto de vista, nunca encontrará suelo pues se limita el ser de la obra a su inmediato “ser cosa”, ente que no supera el nivel de ser “ante los ojos”. Ello nos hace patente, además, el atropello que ejercen los actores involucrados en lo que ahora da en llamarse “consumo artístico” o “consumo cultural”. Abordar al arte desde esta perspectiva, lo reduce a esa primitiva coseidad y neutraliza su vital rendimiento simbólico, vivencial y ontológico: lo degrada de escenario de la revelación-ocultamiento del ser al nivel del útil y la cosa. Por lo general, la obra se comercializa, se difunde y se exhibe por razones absolutamente ajenas a ella misma, su origen y sus alcances.

 

Otro aspecto que nos muestra, asimismo, el carácter no estético del pensamiento heideggeriano sobre arte y poesía es su afirmación de que el ser del Dasein es poético: “poéticamente es como el hombre hace de esta tierra su morada”[7] y de que es la vivencia del Dasein la que da ser, vida y sentido a la obra. Agotándose esa vivencia y esa apropiación del mundo a través de la obra por parte del poeta, el artista y el público, se agota el arte mismo e, irremediablemente, muere[8]. La estética, la crítica, la comercialización, fallan rotundamente en su apropiación de obra y poesía, pues lo hacen a través de la congelación de la obra en su ser cosa, en su ser objeto entre objetos, en su ser mercancía; despojándola de su carácter vivencial, de experiencia vital que compromete al Dasein con el ser y con su propio ser.

 

Para Heidegger, como en Hegel, el arte está condenado a muerte —y con él la estética y sus periféricos—, pero no por el cumplimiento de un despliegue del Espíritu que puede prescindir en su nivel del arte y su experiencia; sino porque la vivencia originaria que se expresa en el arte y que experimenta el Dasein del caso ante la obra, necesariamente se va apagando y perdiendo a través de los siglos. Tal como dice Heidegger que pasa en la historia de la filosofía y de la cultura occidental: las experiencias originarias se van ocultando, desvirtuando y anquilosando bajo las capas endurecedoras que la tradición va arrojando sobre ellas. Quizá es por eso que ahora en el arte muchos son los que vuelven al origen: los unos porque no tienen nada nuevo que decir; los otros —los menos— porque reconocen que el origen sigue resonando, oculto bajo el concierto de quienes lo desestimaron, pues todavía tiene mucho que decir. Gracias.

 

José María Guadalupe Cabrera Hernández

 


[1] Heidegger, Martin. Hölderlin y la esencia de la poesía. Trad. Juan David García Bacca. Ed. Anthropos. Col Pensamiento crítico/pensamiento utópico nº 46. España 1989; pág. 31.

[2] Idem., pág. 29.

[3] Ibid.

[4] Heidegger, Martin. Caminos de bosque. “El Origen de la obra de arte”. Versión de Helena Cortés y Arturo Leyte. Alianza Editorial. Ensayo nº 073. España, 1998; pág. 58.

[5] Ibid.

[6] Idem, pág. 59.

[7] Heidegger, M. Hölderlin y la esencia de la poesía; pág. 37.

[8] Cf. Heidegger, Martin. Caminos de bosque. “El Origen de la obra de arte”; pág. 58.

 

EXABRUPTO #1: Contra los Herejes por Dogma, los Escépticos por Sistema o Rebeldes de Boutique…

Posted in Exabruptos with tags , , , , , , , , , on 30 marzo, 2010 by teseos30

Estoy más que convencido de que uno habla de lo que carece. Yo me la paso hablando de la razón, de la ecuanimidad, de la templanza, de la tolerancia y el respeto, de la diplomacia, de la fineza, de la responsabilidad, de la veracidad, la sinceridad y la honestidad porque carezco de ellas o no las tengo en la proporción que me gustaría o debería. Creo que deberíamos ser más humanos y demostrar nuestra capacidad de serlo. Si el mundo se está cayendo es porque no hemos tomado en serio la responsabilidad de ser lo que somos: seres racionales y conscientes.

Creo que la verdad existe, que no se deja mangonear por relativismos ingenuos (¿acaso hay de otro tipo?) y que nunca es tranquilizadora; que es pesada, que no cualquiera puede soportarla y compromete a quien la enuncia o quien la escucha.

Creo que hay más mérito en construir que en pararse triunfal sobre las ruinas y su miseria; sin embargo, creo que también es buen ejercicio despotricar contra lo que le choca a uno, por eso es que hoy dedico este primer exabrupto a la gente que también habla de lo que carece —sin reconocerlo o sin saberlo— y de la que por eso mismo desconfío y me burlo:

Desconfío y me burlo de quienes —de entrada y por sistema— se jactan de “liberales”, “rebeldes”, “escépticos”, que a todo llevan la contraria y también a los relativistas que a todo consideran “cuestión de enfoques” o que defienden la facilona, irresponsable y estúpida máxima que reza “que cada cabeza es un mundo” y que “todo depende del color del cristal con el que se mira”. Desconfío y me burlo de todos estos ingenuos infelices porque debajo de sus atractivos ropajes y seductoras poses de seres inconformes e “inadaptados” se asoma un ancianillo dogmático y gazmoño, incapaz de darse cuenta de que detrás su supuesta “libertad” y carácter ”indómito” una férrea moral hace su labor esclavizante. Nadie escapa a la moral, ni siquiera el rebelde más pintado, pues todos tenemos el “deber ser” enquistado en la conciencia…

Desconfío y me burlo de los que desdeñan el valor de la disciplina y la técnica en el arte, pues tal desdén es propio de dos tipos de personas: de los genios o de los ineptos; y ya se sabe que los primeros en verdad escasean…

Desconfío y me burlo de los que se jactan de “filósofos” y “poetas” (también de los que se burlan de la filosofía o desdeñan a la poesía) sin nunca haber leído seriamente a Platón, Aristóteles o Descartes, o sin haberse asomado siquiera a un solo verso del Cantar del Mio Cid, de la Ilíada o de la Divina Comedia: discurren, claman, vociferan, “cantan”, pero nunca filosofan ni poetizan (o no conocen de lo que se burlan o lo que desdeñan y por lo mismo son despreciables e insignificantes…)

Desconfío y me burlo de quienes —de entrada y religiosamente— se jactan de ser “viscerales” y hacen de la intemperancia y el desenfreno una virtud: es fácil ser visceral e intemperante mientras no se es víctima de un ser semejante. Todos somos leones mientras no nos recuerdan de un guamazo que somos ovejas.

Desconfío y me burlo de quienes se la pasan haciendo alarde de su fortaleza, intensidad e inexpugnabilidad: en el fondo de su corazón el fantasma de la pusilanimidad ha rentado un cómodo departamento, contiguo al de su prepotencia física y/o conceptual y simbólica.

Desconfío y me burlo de quienes no aprecian la cultura, la fineza y la diplomacia y hacen de la brutalidad y la crudeza su divisa. Los reto a tragarse una cebra sin aderezo alguno: si lo hacen sin perjuicio alguno para su salud —si alguna tienen— me convertiré en su más fiel seguidor. Hay quienes confunden la honestidad y la sinceridad con ser “directo” o “claridoso”; a esos les digo: Cuidado… la sinceridad es casi gemela del cinismo y sólo un paso los separa. Se ama al sincero, pero el cínico es un pobre diablo miserable, corto de mente y carente de lo que algunos llaman “espíritu”…

Desconfío y me burlo de los sermoneadores que se las dan de ser gente de mente abierta y no son capaces de escuchar a los demás ni abrirse a la posibilidad de que los otros pudiesen estar en lo correcto: cada día un virulento e inflexible inquisidor le devuelve el saludo en el espejo…

Desconfío y me burlo de aquellos a quienes todo les huele mal, que todo les parece mal o que ven intenciones ocultas en todo. Si todo les parece podrido quizá es porque llevan la podredumbre consigo…

 Por eso, la próxima entrega será sobre una lujuria.