DENTRO LA ZARZA ARDIENTE

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Ahí,
en la carne del Horeb,
hunde su raíz
la zarza ardiente.

La que atestiguó
la muerte del silencio,
la inmensa fisión nuclear
que a todo dio el ser,
el primer crepitar
del fuego inmortal
de Filolao pitagórico,
del Oscuro Efesio.

Ahí se yergue ella,
con su melena
de llamas que
nunca se consumen,
con su voz tonante
que dicta el tremendo
sangriento deuteronomio
de un pueblo nómada,
harapiento e infiel.

Dios al que todos veneran,
pero todos traicionan.
Dios de las leyes.
Dios de los interdictos.
Dios niño que todo lo rompe.
Dios mujer que todo lo pierde,
que todo lo gana.

Recibe este carnero despistado
que tú mismo nos has procurado.
Bebe la sangre que tú mismo creaste.
Consúmelo con el fuego
que preparaste antes de todos los siglos.

Bebe…
Consume…
Tórnate cenizas…
Hasta el próximo sol
sobre el regazo de la doncella…

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