ANTIPOÉTICA #4: CÁNTICO DE LUZ

 

CÁNTICO DE LUZ

 

 

Entre esmeraldas y bajo diamantes,

entre nebulosas y galaxias blancas

descansa la Reina de mi alma

y fulgura su amor palpitante.

 

 

Entre sueños y albas frías,

entre inclementes lluvias

y grises tormentas,

entre ese cruel frío su ardor no perece;

entre más las nieves crecen

más su esplendente fuego me calcina.

 

 

Entonen para ella

este Cántico de Luz

los profundos bosques,

el augusto Citlaltépetl

y  los añiles manantiales

de obscuras y álgidas aguas,

dulces licores de éxtasis y alegría.

 

 

Perderme,

astro divino,

deseo perderme

entre tu castaña

y clara mirada;

en el proceloso norte

de tus besos

insaciables.

Ser palabra

y aliento

de tu boca

que es, a la par,

serenidad

y suave tormento.

 

 

Mi torrente

anhela ocultarse

en tu mar interior,

—una y otra vez,

otra vez y una—;

transmutar nuestras

aguas en implacable magma,

en metal candente.

Sublimar el cotidiano plomo

en oro de olímpicos númenes.

Hacer de tu templo

forja de ángeles.

 

 

Gracias te ofrendo, pues,

por los dos erótides

que me concediste sin dudas,

con la sangre

y el alma entre las manos.

Entonen para ti, entonces,

este Cántico de Luz

los mares y piélagos

que juntos,

en eterno abrazo,

avistamos al Alba y al Orto

—atados al tálamo,

a la piel

y a la pertenencia mutua—

Pero que también lo hagan

—¡oh, dioses secretos y ocultos!—

los océanos que mis ojos

atestiguaron en auroras robadas

a la soledad y el abandono.

 

 

Ceñir,

ninfa mística,

deseo ceñir

con mis manos de barro

y mis dedos de bronce,

tus senos de delicado mármol;

poseer los valles y cimas

de tu piel suave y tibia.

Mi obelisco muere

por herir las nubes

de ese níveo cielo

que me prometes

al marchar.

 

 

La danza,

amor mío,

la danza de tu andar

me consume

en las flamas

de esta pira interminable,

me mata de ansia

cuando te alejas

y me arrojas a esta fosa

de dolor insoportable.

 

 

Entonen para ti

este Cántico de Luz,

—esta rapsodia de Esperanza—

las eras en que me faltaste

y los años cósmicos

en los que decidas ser mía

y reposar en mi pecho,

en mi sueños

y en el tortuoso castillo

de mi razón-delirio.

Entonen para ti este canto

el silencio y la ausencia

aun cuando la Parca

con su seco y duro abrazo

me arrebate…



José María Guadalupe Cabrera Hernández

noviembre de 2010

(A mi esposa, Luz Esperanza, en la víspera de su cumpleaños)

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