METAFÍSICA #2: HEIDEGGER VS ESTÉTICA

Les presento el texto íntegro de la ponencia que leí el día miércoles 10 de noviembre de 2010 en la Facultad de Filosofía de la UAQ, en la mesa de Filosofía Contemporánea, en el marco de las celebraciones del 8º día Internacional de la Filosofía. Son ideas que necesariamente requieren de pulimento y profundización, pero todo pensar digno de tal nombre emerge de un modesto germen. A ver qué les parece:

 

HEIDEGGER VS ESTÉTICA

Es más que un tópico desgastado señalar la influencia que ha ejercido el pensamiento de Martin Heidegger en la historia reciente de la filosofía. Mucho se ha remachado sobre su doble condición de santón y villano del pensar. Rey secreto del pensamiento o sibilino charlatán; creador de pseudo-problemas, de retóricas e intragables cortinas de humo. Sí, es ya demasiado lo que se ha hablado y escrito; sin embargo, conscientemente caigo en el tópico y voluntariamente insisto en él. En primer lugar, porque me da la gana; ustedes me invitaron y ahora se aguantan. En segundo lugar, porque sin empacho confieso —una vez más— mi simpatía por la obra del susodicho: con orgullo y cinismo me reconozco heideggeriano recalcitrante, remiso y a ultranza. Aclarado el asunto, procedo a señalar las coordenadas del itinerario del día de hoy: Heidegger, estética, poesía, arte y muerte del arte.

 

La influencia del “corpus” heideggeriano no se ha limitado a nuestra disciplina. Siguiendo caminos tortuosos —no siempre rastreables a suficiencia, y no exentos de paradas en el snobismo pseudointelectual— nuestro Meister se ha convertido también en tópico en la insigne e ingente nebulosa del arte: esa que incluye su producción, difusión, crítica y comercialización. Una respetable cantidad de artistas, curadores, museólogos, críticos, especialistas y marchantes echan inopinada mano del pensamiento del filósofo de la Selva Negra para justificar obras, discursos, montajes, exposiciones y avalúos; o también para encumbrar o hundir artistas. No importa el nivel de comprensión que ostente el personaje del caso: la sola mención de la tríada Dasein—Heidegger—“existencialismo” ejercen un congelante poder de fascinación sobre públicos, lectores y audiencias. Basta su sola invocación para garantizar que en verdad se sabe de arte y pensamiento; de que ha hecho uno la tarea, de que se es un esteta experto, hecho y derecho.

 

El interés que Heidegger mostró sobre poesía y arte —reducido éste a las obras de arte visual y arquitectónico— parecieran justificar esta recurrente invocación. Sin embargo, penetrar más en el asunto nos mostraría la triste y árida realidad —una que seguramente no les gustaría mucho a nuestros amigos—: Heidegger no hace estética. Nada hay en él que nos autorice a deducir categorías ni valores de juicio, horizontes de interpretación, cánones, aparatos críticos, normas o productos similares, anexos, conexos y derivados. El horizonte en el que sitúa su pregunta sobre la esencia de la poesía y la obra de arte visual, es anterior a la tematización a la que la conciencia estética las somete por consigna y tradición. Arte y poesía son desentrañados desde un territorio que tiene preeminencia sobre cualquier otro: la pregunta directiva que interroga por el sentido del ser, la explanación del fenómeno del tiempo y la hermenéutica existenciaria del Dasein. Resumiendo: desde el originario horizonte que, abandonado por la tradición, busca reinaugurar la ontología fundamental. Desde la dirección que imponen estos cuestionamientos es que poesía y arte interesan a Heidegger y sólo desde esa dirección. Inútil sería buscar otro enfoque o pretender deducir principios para dirimir dudas y disputas sobre la calidad artística o poética de una obra x o y. Eso alcanza, obviamente, a su valoración monetaria y mercantil. Así que, marchantes, ¡absténganse!

 

A Heidegger no le interesa el “valor estético” del poema o de la obra; éstos últimos sólo son destacables si cumplen con la peculiar y fundamental misión a la que son llamados por su propia esencia:

 

a)      hacer patente el conflicto que subyace a la distinción entre ser y ente; que subyace a la verdad misma en tanto aletheia: encubrimiento-develación del ser en el ente.

b)      hacer patente cómo ese conflicto compromete y confronta al Dasein con su propia entidad y su capacidad de —por lo menos— precomprender al ser e interrogarse por él,

c)      hacer patente la esencial pertenencia del Dasein a su propia mundanidad, temporalidad e historicidad,

d)      hacer patente la violencia —el inevitable atropello— que todo lenguaje —incluido el artístico— ejerce sobre el ser, sobre lo ente y sobre sí mismo en cuanto comparte la forma de ser del Dasein: todo hablar abre un claro donde se destaca y diferencia el ente del ser, pero que emboza a la par su sentido y lo obscurece. Todo hablar nos acerca y nos aleja, a la vez, de aquello que nos expresa o pretende expresar.

 

Todo ello tiene preeminencia y preferencia sobre cualquier otra forma de experimentar arte y poesía, y de teorizar sobre ambos. En su conferencia sobre “Hölderlin y la esencia de la poesía”, Heidegger lo deja muy en claro despojando a la poesía de todo valor cultural, estético, místico, delectante, expresivo y lúdico:

 

“No es la poesía un simple y adventicio adorno del Dasein, ni transitoria exaltación espiritual, entusiasmo o entretenimiento. La Poesía es el fundamento y soporte de la historia; no una simple manifestación cultural, menos aún ‘expresión’ del ‘alma de una cultura’”[1]

 

El arte, la poesía —antes que “productos culturales”, objetos de estudio, veneración, admiración, conservación, restauración y especulación mercantil— son formas señaladas y privilegiadas de la existenciaria lingüisticidad del Dasein: trascienden el nivel de la llana comunicación, de la simple estructura sintáctica y semántica, del estilo y la forma. Poesía y arte tienen un grave compromiso con lo que mientan: el ser, lo ente, el Dasein, la temporalidad, la historicidad, el fundamento y su ausencia. La Nada incluso. Su compromiso es, precisamente, fundamental: “fundación por la palabra y sobre la palabra”[2], “poner al descubierto al Ser, para que en él aparezca el ente”[3] y poner “la verdad en obra”[4]. Su tradicional vinculación con la belleza —e incluso su reducción a ella— se rompe y desvanece ante la primacía de la verdad del ser develándose a través de ellos:

 

“La verdad es el desocultamiento de lo ente en cuanto ente. La verdad es la verdad del ser. La belleza no aparece al lado de esta verdad. Se manifiesta cuando la verdad se pone en obra. Esta manifestación… es la belleza. Así, lo bello tiene lugar en el acontecer de la verdad. No es algo relativo al gusto…”[5] sino a la vivencia de esa verdad. La esencia del arte, entonces, “se comprende tan poco a partir de la belleza tomada en sí misma como a partir de la vivencia.”[6]

 

La reducción del problema del arte, su creación, interpretación y recepción al problema de la belleza y su canon se ciegan a su condición fundamental. Por eso mismo, en la citada conferencia sobre Hölderlin, Heidegger admite la superioridad formal-estética de otros poetas sobre aquél; pero aclara que lo ha elegido porque en su obra se hace patente, de manera efectiva, la reflexión de la poesía sobre su propia esencia y su relación con la verdad. El ser y su develación priman sobre la belleza, sobre el carácter formal y sobre la materialidad de la obra misma. La obra tiene una tarea que debe cumplir al margen de cualquier opinión estética más o menos documentada o respetable: debe poner en obra, en acción, la verdad del ser. La belleza, la forma, el estilo, la plusvalía; son totalmente secundarios a la luz de esta tarea y su cumplimiento. La estética, desde este punto de vista, nunca encontrará suelo pues se limita el ser de la obra a su inmediato “ser cosa”, ente que no supera el nivel de ser “ante los ojos”. Ello nos hace patente, además, el atropello que ejercen los actores involucrados en lo que ahora da en llamarse “consumo artístico” o “consumo cultural”. Abordar al arte desde esta perspectiva, lo reduce a esa primitiva coseidad y neutraliza su vital rendimiento simbólico, vivencial y ontológico: lo degrada de escenario de la revelación-ocultamiento del ser al nivel del útil y la cosa. Por lo general, la obra se comercializa, se difunde y se exhibe por razones absolutamente ajenas a ella misma, su origen y sus alcances.

 

Otro aspecto que nos muestra, asimismo, el carácter no estético del pensamiento heideggeriano sobre arte y poesía es su afirmación de que el ser del Dasein es poético: “poéticamente es como el hombre hace de esta tierra su morada”[7] y de que es la vivencia del Dasein la que da ser, vida y sentido a la obra. Agotándose esa vivencia y esa apropiación del mundo a través de la obra por parte del poeta, el artista y el público, se agota el arte mismo e, irremediablemente, muere[8]. La estética, la crítica, la comercialización, fallan rotundamente en su apropiación de obra y poesía, pues lo hacen a través de la congelación de la obra en su ser cosa, en su ser objeto entre objetos, en su ser mercancía; despojándola de su carácter vivencial, de experiencia vital que compromete al Dasein con el ser y con su propio ser.

 

Para Heidegger, como en Hegel, el arte está condenado a muerte —y con él la estética y sus periféricos—, pero no por el cumplimiento de un despliegue del Espíritu que puede prescindir en su nivel del arte y su experiencia; sino porque la vivencia originaria que se expresa en el arte y que experimenta el Dasein del caso ante la obra, necesariamente se va apagando y perdiendo a través de los siglos. Tal como dice Heidegger que pasa en la historia de la filosofía y de la cultura occidental: las experiencias originarias se van ocultando, desvirtuando y anquilosando bajo las capas endurecedoras que la tradición va arrojando sobre ellas. Quizá es por eso que ahora en el arte muchos son los que vuelven al origen: los unos porque no tienen nada nuevo que decir; los otros —los menos— porque reconocen que el origen sigue resonando, oculto bajo el concierto de quienes lo desestimaron, pues todavía tiene mucho que decir. Gracias.

 

José María Guadalupe Cabrera Hernández

 


[1] Heidegger, Martin. Hölderlin y la esencia de la poesía. Trad. Juan David García Bacca. Ed. Anthropos. Col Pensamiento crítico/pensamiento utópico nº 46. España 1989; pág. 31.

[2] Idem., pág. 29.

[3] Ibid.

[4] Heidegger, Martin. Caminos de bosque. “El Origen de la obra de arte”. Versión de Helena Cortés y Arturo Leyte. Alianza Editorial. Ensayo nº 073. España, 1998; pág. 58.

[5] Ibid.

[6] Idem, pág. 59.

[7] Heidegger, M. Hölderlin y la esencia de la poesía; pág. 37.

[8] Cf. Heidegger, Martin. Caminos de bosque. “El Origen de la obra de arte”; pág. 58.

 

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5 comentarios to “METAFÍSICA #2: HEIDEGGER VS ESTÉTICA”

  1. guillermina Says:

    Maestro Cabrera:
    No he leido con detenimiento tu trabajo. prometo hacerlo, pero el final, ¿cómo es eso de que el arte muere? Me parece que mantienes el paradigma de la subjetividad. La obra de arte, que no el arte, abre, es aletheia. Me parece que puede morir la forma de análisis tradicional pero no la obra de arte, forma parte de algo que no tiene que ver con la estética, con los museos, con los teóricos como nosotros.
    un saludo
    Guille

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    • Hola Guille:

      Qué gusto que te asomes a mi blog. Gracias por tu comentario. Es que esa tesis de la “muerte del arte” es acariciada por el mismo Heidegger en “El origen de la obra de arte” y creo que tienes razón en decir que eso es mantener el problema en el paradigma de la subjetividad, pues —para empezar— recurre (aunque sea como cita) a Hegel y a la “profecía” que enuncia con respecto a la muerte del arte en las “Lecciones de Estética”; además, creo que hay todavía un dejo husserliano en la exaltación que “Heidi” hace del papel que juega la “vivencia” dentro de su caracterización de la obra de arte.

      Aunque Hegel y Heidegger afirman —cada uno en su propio contexto— la “muerte del arte”, separan ese acontecimiento de la producción efectiva de obras de arte: éstas pueden seguir haciéndose, o seguir siendo valoradas, pero en ellas algo “ha muerto”. En el caso de Hegel, el arte deja de ser una “exigencia suprema del Espíritu” y, aunque sigan haciéndose obras de arte, éste necesariamente “permanecerá en el pasado” (esta afirmación es empleada, por ejemplo, por Arthur C. Danto para fundamentar su teoría del fin de la historia del arte). En el caso de Heidegger, el arte va “muriendo” porque la vivencia en él lo va haciendo, aunque esa muerte “tarde muchos siglos”. Heidegger habla de esto en Caminos de bosque. “El Origen de la obra de arte”. Versión de Helena Cortés y Arturo Leyte. Alianza Editorial. Ensayo nº 073. España, 1998; pp. 57-58.

      Quizá sean excesivas las posturas de ambos, pero son precisamente eso: sus posturas. Independientemente de ello se sigue produciendo arte; en ese campo nadie se acongoja por las sucesivas declaraciones que en ese sentido hacen regularmente artistas, estetas, filósofos y críticos.

      Como sea, mi intención al señalar el carácter no estético del pensamiento heideggeriano con respecto al arte y la poesía—y que encuentra su culmen contra-estético precisamente en el postulado de la “muerte del arte”—, es combatir a quienes toman a Heidegger como fundamento para una estética. Y no son pocos. Seguido encuentro artistas, museólogos, críticos y marchantes que lo citan como fundamento teórico para definir una postura, una propuesta artística o una valoración estética. Considero que las obras citadas demuestran el carácter abusivo de tales pretensiones. O, ¿tú que piensas? Me gustaría saber tu opinión al respecto. Te mando un abrazo y un beso.

      CHEMA

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  2. Saludos, muy interesante el post, espero que sigas actualizandolo!

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  3. Me parece magnífica tu ponencia. Creo que a Heidegger no le importa la estética objetiva de la obra de arte, sino la estética existencial. Y de ella aporta el fundamento, aunque no se puede categorizar, ni penetrar, por causa de esa contradicción que tan bien has expresado: que al desocultarlo lo ocultas, al acercarte te alejas y al tocarlo lo cosificas. Pero se puede rodear… con diversas miradas, compartiéndolas.

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    • Muchas gracias, estimado José Luis. Abordar el arte a través de Heidegger requiere despojarse de los cartabones de la estética y considerarlo en su más desconcertante aspecto: un ente que tiene la misma forma de ser del Dasein, y que, además, le devela a éste su propia trabazón con el ser y su comprensión.

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