EXABRUPTO #3: ALEJANDRO JODOROWSKY Y LOS DERECHOS DE LOS HIJOS

Me choca cuando alguien me dice “Por algo pasan las cosas”. Me choca porque se me hace un abuso y una bobería imperdonable creer la “coelhada” de que “cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla” (¡recontrapuaj!) o que todos recibimos tarde o temprano nuestro merecido, o que “hay un dios, no lo olvides”. Por salud mental y moral a ese señor y sus periféricos, anexos y conexos, los mandé a paseo hace ya mucho tiempo y la verdad, desde entonces, las cosas son más sencillas, digeribles, racionales y, sobre todo, humanas (como debe de ser). No a todos los que obran bien se les trata como merecen y eso es más claro con los que obran mal. Hay gente que todo lo hacía como lo pide el manual y aun así la trataron como basura y le dieron un buen puntapié en el trasero. Hay criminales que amasan fortunas y gozan de buena salud, mientras que hay gente buena y honrada que apenas si tiene para comer y vestir, padece enfermedades atroces o es atropellada por un pinche chimeco amante del pasito duranguense. Eso es más del estilo de la indolente Madre Naturaleza que del barbón-al-que-todos-se-l’hincan.

 

Pienso que la vida se hace más bien de coincidencias; afortunadas, desafortunadas y otras, de plano, insufribles e indeseables. Hace cinco años, aproximadamente, se dieron en mi vida algunas coincidencias curiosas —en medio de algunas precisamente insufribles e indeseables— de las que narraré una que en verdad me llamó la atención por su alcance estético y moral.

 

En ese entonces impartía yo el Taller de Lectura y Redacción en el Colegio Nacional de Danza Contemporánea (CONADACO). Entre las actividades que realizábamos en clase, les pedía a mis alumnos escoger, por votación y consenso, un libro para leer en voz alta en clase. El libro debería ser una novela de un autor hispanoamericano y de mediana envergadura; lo primero, para evitar la divergencia entre traducciones y, lo segundo, para alcanzar a concluir su lectura en el semestre. Esa generación me tocó bastante “curiosita” y en la mayoría era evidente su aversión a la lectura y al trabajo, pero aun así escogieron un libro bastante choncho y que, a la postre, se mostraría de difícil lectura y comprensión para ellos —unos, incluso, me confesarían después que se arrepintieron de haberlo escogido—. Se trataba de “La danza de la realidad”, de Alejandro Jodorowsky. Era más que evidente que se habían dejado llevar por el nombre del libro que, además de no hablar sobre danza ni coreografía, no es novela, sino unas peculiares e intensas memorias de su autor.

 

El libro es muy rico y, salvo algunos puntos que en verdad me parecieron inaceptables —tanto literaria como moralmente—, está lleno de valiosas lecciones de vida. Entre estas últimas, se encuentra un pequeño discurso que me tocó en verdad. Me tocó por su belleza y profundidad. Me tocó, también, por esa coincidencia a la que hacía referencia más arriba. Trata sobre los derechos de los hijos y me llegó porque en ese momento mi hijo venía en camino; me hizo evidentes algunos errores que cometí y que pude haber evitado de haber tenido claros la mente y el corazón. También me mostró algunos errores que mis padres cometieron conmigo y mis hermanos, y que quizá le sean imputables a la mayoría de los padres del mundo. Pero definitivamente, me llevó a la decisión de tomar en serio mi condición de padre en ciernes —ignorante, inexperto, y por lo mismo, peligroso— y hacer el compromiso de hacer todo lo posible para no protagonizar un pésimo papel en el capítulo más determinante de la vida de mi hijo aún nonato. Y aun con esas intenciones, falla uno; “pior” les va a quienes ni siquiera tienen la conciencia o la voluntad.

 

Como heideggeriano a ultranza, empedernido y recalcitrante, considero que efectivamente estamos arrojados en este mundo y que los responsables de ese “arrojamiento” son nuestros padres; y que al asumir nosotros ese mismo papel, somos nosotros quienes arrojamos a nuestros hijos —sin tomarles parecer— a una existencia frágil, difícil, llena de vicisitudes y que sólo tiene a la muerte por salida. Como dice Heidegger, estamos arrojados a la libertad y responsabilidad de nuestras posibilidades; pero lo que no dijo don Martín, es que los padres somos los responsables de arrojar a un inocente Dasein a ese predicamento. Y no hay vuelta de hoja, la asumamos o no, la responsabilidad está ahí y yo diría que es, sin lugar a dudas, existenciaria y, por tanto, irrenunciable.

 

Pero, bueno, volviendo a Jodorowsky y a la coincidencia. Les decía que el discurso me llegó en buen momento, que me tocó estética y moralmente por su belleza y profundidad, y es por eso que hoy lo quiero compartir con ustedes. Como hijos, verán a sus padres de otra manera. Si son padres o están a punto de serlo o desean serlo —y si además tienen dignidad, vergüenza, conciencia y no son cínicos o brutos (o ambas cosas)— este texto los despertará, los tocará —como lo hizo conmigo— y necesariamente los inspirará a ser buenos “arrojadores”. Provechito:

 

“Antes que nada, deberías tener el derecho a ser engendrado por un padre y una madre que se amen, durante un acto sexual coronado por un mutuo orgasmo, para que tu alma y tu carne obtengan como raíz el placer. Deberías tener el derecho a no ser un accidente ni una carga, sino un individuo esperado y deseado con toda la fuerza del amor, como un fruto que ha de otorgar sentido a la pareja, convirtiéndola en familia. Deberías tener el derecho a nacer con el sexo que te ha dado la naturaleza. (Es un abuso decir ‘Esperábamos un hombre y fuiste mujer’, o viceversa). Deberías tener el derecho a ser tomado en cuenta desde el primer mes de tu gestación. En todo momento la embarazada debería aceptar que es dos organismos en vías de separación y no uno solo que se expande…

 

Deberías tener el derecho a una profunda colaboración: la madre debe querer parir tanto como el niño o la niña quieren nacer. El esfuerzo será mutuo y bien equilibrado. Desde el momento en que este universo te produce es tu derecho tener un padre protector que esté, durante tu crecimiento, siempre presente. Así como a una planta sedienta se le da agua, cuando te interesas por una actividad tienes derecho a que te ofrezcan el mayor número de posibilidades para que, en el sendero que elegiste, te desarrolles. No has venido a realizar el plan personal de los adultos que te imponen metas que no son las tuyas, la principal felicidad que te otorga la vida es permitirte llegar a ti mismo. Deberías de tener el derecho a poseer un espacio donde poder aislarte para construir tu mundo imaginario, a ver lo que quieras sin que tus ojos sean limitados por morales caducas, a oír aquello que desees aunque sean ideas contrarias a las de tu familia. No has venido a realizar a nadie sino a ti mismo, no has venido a ocupar el sitio de ningún muerto, mereces tener un nombre que no sea el de un familiar desaparecido antes de tu nacimiento: cuando llevas el nombre de un difunto es porque te han injertado un destino que no es el tuyo, usurpándote la esencia. Tienes pleno derecho a no ser comparado, ningún hermano o hermana vale más o vale menos que tú, el amor existe cuando se reconoce la esencial diferencia. Deberías de tener el derecho a ser excluido de toda pelea entre tus familiares, a no ser tomado como testigo en las discusiones, a no ser receptáculo de sus angustias económicas, a crecer en un ambiente de confianza y seguridad. Deberías de tener el derecho a ser educado por un padre y una madre que se rigen por ideas comunes, habiendo ellos en la intimidad aplanado sus contradicciones. Si se divorciaran, deberías tener el derecho a que no te obliguen a ver a los hombres con los ojos resentidos de una madre ni a las mujeres con los ojos resentidos de un padre. Deberías de tener el derecho a que no se te arranque del sitio donde tienes tus amigos, tu escuela, tus profesores predilectos. Deberías de tener el derecho a no ser criticado si eliges un camino que no estaba en los planes de tus progenitores; a amar a quien desees sin necesidad de aprobación; y, cuando te sientas capaz, a abandonar el hogar y partir a vivir tu vida; a sobrepasar a tus padres, ir más lejos que ellos, realizar lo que ellos no pudieron, vivir más años que ellos. En fin, deberías tener el derecho a elegir el momento de tu muerte sin que nadie, en contra de tu voluntad, te mantenga con vida.”

 

Alejandro Jodorowsky

“La danza de la realidad. Memorias”

Ed. Grijalbo Mondadori

México 2001

pp. 68-70

 

 

 

 

Alejandro Jodorowsky

 

Visiten a este maestrazo en su blog:

http://planocreativo.wordpress.com/

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2 comentarios to “EXABRUPTO #3: ALEJANDRO JODOROWSKY Y LOS DERECHOS DE LOS HIJOS”

  1. Ricárdez Says:

    no soy madre ni ando queriendo serlo por estos dias chema pero me ha tocado como tu dices la cita de jodorowsky no solo por que en un futuro tal vez el destino me lleve a cambiar de decision y querer ser madre si no por que soy hija una hija en animos de reclamar los derechos que todos los hijos deberiamos tener como dice jodorowsky, en horabuena chema y saludos gracias por la cita compartida

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  2. Hola Karliux:

    Pues de eso se trata, la cita no es sólo para los que somos padres o para los que están a punto de serlo, sino también para los hijos, para que exijan sus derechos.

    Que bueno que por el momento no quieras ser “arrojadora”. Disfruta de tu belleza y juventud, muchacha. Me alegro que te guste esta entrada.

    Saludos filosóficos…

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