Archivos para octubre, 2010

BIBLIOFAGIA #1: “INCISIONES SOBRE ESCISIONES” DE JUAN HORACIO GARIBAY

Posted in Bibliofagias with tags , , , , , , on 21 octubre, 2010 by teseos30

Hace ocho años tenía mis serias reservas sobre esto de la “blogueada”; pensaba, en base a los casos vistos, que era cosa de quinceañeras (os) caguengues, babosos y exhibicionistas y nada más. Será que me he vuelto caguengue, baboso y exhibicionista de tanto convivir con adolescentes —o quizá no—. La cosa es que ya le he entrado a este rollo y, la verdad sea dicha, sí me late. Le ofrece a uno la oportunidad de expresar cosas que, a pesar de ser buenas, a veces parecían condenadas a quedarse en el tintero.

 

Pero, ¿por qué hago referencia a ocho años atrás? Pues porque el otro día entre el relajo de mis libros me encontré un ejemplar de la obra “Incisiones sobre escisiones”, de mi amigo Juan Horacio Garibay. Al encontrarlo —todo polvoso— me vinieron recuerdos de la vez que fui invitado a formar parte de la mesa que presentaría ese libro en la Sala Audiovisual de la Facultad de Filosofía de la UAQ, hace precisamente ocho años. En la mesa, además de mi estimado cuate Juan Horacio, se encontraba mi amigo y maestro Antonio Arvizu Valencia, todo un expertazo de la Estética. Menuda tarea compartir la mesa con gente tan genial; se siente uno algo cohibido (bueno, nomás tantito).

 

Al tener el polvoriento libro en mis manos recordé que en algún lugar debería estar el texto que redacté para leer en esa ocasión. Ayer, después de voltear la computadora al revés, apareció el escrito de marras. Tanto el libro como el texto conservan su energía y su espíritu; dignos de aparecer en este renegado y renegón espacio. Por eso les presento mi lectura, a ver si se animan a asomarse a la obra completa de Juan Horacio, un tipo de cuidado y gran talento. ¡Salud!

 

Garibay, Juan Horacio

dosfilos editores

colección: única

Zacatecas, México 2002

 

Incisiones sobre escisiones es, ciertamente, un libro al que no se puede ignorar o menospreciar. Un libro provocativo, exasperante, irritante. Es, ante todo, y quizá contra su intención, un libro congruente, tanto con su propio nombre como con lo que éste nombra: hace incisiones sobre escisiones, insiste y remacha sobre fronteras señaladas y cardinales, por lo menos en lo que respecta a la cultura occidental: las existentes entre la “ontología y la poética, entre lo decible, el deseo y lo indecible; o mejor todavía, entre la escritura, la repetición y Dios”[1]. Tocar puntos neurálgicos tarde o temprano nos lleva, evidentemente, a la neuralgia y a ella nos conduce ciertamente el libro de Juan Horacio Garibay. Nos lleva al vértigo del que oscila sin reposo entre la literatura y la filosofía; del que vaga entre ambas sin atarse a ninguna, pero impregnándose de ellas.

 

Garibay, en el proemio a su libro, nos dice que el de la escritura es el único riesgo que asume. ¿Cómo se podría interpretar tal afirmación? ¿Como la advertencia de un poeta que se abalanza, con fruición y angustia, sobre el abismo de lo inefable? ¿Como el anuncio jactancioso y temerario de un escritor que sabe que su oficio reúne en sí, y entre otras cosas, la jactancia y la temeridad? ¿Como la afirmación de uno que sabe que la apuesta por la literatura, aun ceñida por el aura del arte, como cualquier otra apuesta, entraña en sí la posibilidad de ver frustradas las propias expectativas (incluso, las de no generar ninguna expectativa, o, en este caso, a las de no adherirse “doctrinariamente a nada”, a las de sujetarse a la “lógica del azar”)? ¿Como la despedida de alguien que va a emprender un itinerario imposible y, por tanto, único?

 

O, tomando en cuenta el espacio en el que hoy se presenta su libro, a saber, el espacio de la filosofía académica, del pensar hecho institución, del sínodo grave y circunspecto que exige la argumentación rigurosa, ¿no será la advertencia de alguien que sabe que la proximidad de los lindes y caminos de la literatura y la filosofía las convierte, a lo más, en vecinas (ora cómplices ora pendencieras), pero que nunca las identifica? ¿Habla entonces uno que sabe que “una cosa es contar cuentos de los entes y otra es apresar el ser de los entes”[2], como decía Heidegger? ¿Habla uno que recuerda que aún resuena la voz emblemática del Platón de la República señalando que “es ya antigua la discordia entre la filosofía y la poesía”[3]? Lo cierto es que habla uno que reconoce y afirma lapidariamente que “el filósofo, a diferencia del poeta, quiéralo o no, está comprometido con la verdad”[4] y que este compromiso (asumido o no) establece una escisión entre el escritor y el filósofo. Garibay afirma pues que asume únicamente el riesgo de escribir, el riesgo de transitar por un territorio que no se compromete con la verdad, sino que es escenario “del azar, la sorpresa y la eclosión”[5], y lo afirma precisamente en la cueva del lobo: en esta, la casa del concepto, del logos que se enfrenta al mythos, de la episteme que exilia a la poesía hacia el dominio de la doxa. Se antoja, quizá, una batalla campal o, algo más común, una mutua indiferencia.

 

Pero, estamos de suerte, que Garibay nos lleva presta y atinadamente hacia la paradoja, hacia esa incómoda tierra de nadie y de todos: aun oponiéndose a la filosofía, Garibay nos dice que “la poesía continúa apestando a Apolo porque recurre fatalmente al concepto”[6]. Así, aun a pesar de su brillante hybris, cae Garibay fatalmente en las garras de Sofía, como cualquiera que ha probado su caricia alguna vez: bien lo supo Platón cuando entregó su poesía a las llamas. Hablando sobre Novalis, Garibay nos recuerda que, de la muerte del filósofo, “de esa muerte surge el poeta”[7]. Pero esta es una frase reversible: aquí surge la filosofía (quiérase o no) de entre las cenizas de la poesía. Asumir el riesgo de la escritura implica aceptar una frase de Nietzsche que Garibay mismo inserta en el segundo ensayo de su libro y que sentencia que “la palabra actúa primero sobre el mundo de lo conceptual, y sólo desde él lo hace sobre el sentimiento; más aún: con bastante frecuencia no alcanza… su meta, dada la longitud del camino”[8]. La oscilación entre poesía y filosofía, por lo menos en el libro de Garibay, quizá se deba a que, al llegar a una, nos rechaza y nos arroja sobre la otra y viceversa.

 

Todo se trata de lindes y territorios al fin y al cabo: de hacer incisiones sobre las escisiones que presentan y padecen, ya sea de grado o por fuerza, tanto la literatura como la filosofía en sus propios desarrollos. Garibay plantea un oximoron: según sus propias palabras, en su libro pretende “desplegar un conjunto amorfo y fragmentario de ensayos que no se unen doctrinariamente a nada, ni explicitan verdades, sino que tienen el propósito de descubrir el territorio de la indefinición para dar paso a una imprecisa articulación de formas”[9]. Nos advierte que, a pesar de cualquier intento de ubicar sus disquisiciones dentro de ciertas tendencias del pensamiento, “su continuidad y su relación responden a la lógica del azar donde, como se sabe, sólo puede caber la sorpresa”[10]. Todo esto con la conciencia de que el territorio define y la lógica conjura el azar. Se arroja de lleno a las paradojas, quizá con plena convicción de esa frase suya que afirma que “el filósofo, inevitablemente, cae en paradojas: siempre quiere decir más de lo que se puede decir o decir lo que no se puede decir…”[11]

 

Es difícil la aventura que emprende Garibay: encerrar la indefinición en la escritura y, encima, montar el azar en la elegancia erudita de un lenguaje que, paradójicamente (como todo en este libro), abomina de la erudición (por lo menos esa parece ser su intención). Paradójicamente, Incisiones sobre escisiones, es un libro que requiere de la erudición; tanto para montar su elogio como para denostarlo. Paradójicamente, para establecer lo que hace de cada ensayo la exploración de una escisión, requiere de esa lógica que, según Garibay, “por definición encierra autoritarismo”[12].

 

Como mi erudición es poca y fracasé en un ejercicio de lógica del azar, al leer el trabajo de Garibay puse más atención a mis favoritos de siempre una vez que los encontré en el libro: Heidegger, Nietzsche, Bataille, Kafka, puestos bajo la lupa de una manera muy inteligente. Es también de señalarse la interesante caracterización de sadismo y masoquismo que Garibay realiza en el sexto ensayo. Sobre el resto sólo puedo decir que Garibay se muestra como un gran conocedor de los literatos claves de la literatura moderna, de ello dan fe la exquisitez y minuciosidad de los discursos que describen los universos e infiernos (internos y externos) de Ducasse, Novalis, Joyce, Baudelaire y Trakl. Con maestría los une para incitarnos a la pregunta por la relación entre la vida, el arte y la filosofía: es decir, a lo que es propio del filósofo. La canción es para el poeta.

 

Incisiones y escisiones es un libro que vale la pena leer si se piensa lo que nos dice Garibay en la página 92: que “es demasiado estólido apostar a la racionalidad cuando lo irracional se impone”. Vale la pena también porque nos da la oportunidad de invertir y distorsionar la frase en un momento en que, como el actual, es más que pertinente invertirla y distorsionarla: “es demasiado estólido apostar a lo irracional cuando lo racional es necesario”.

 

Post scriptum RENEGÓN

Me atrevo a decir lo siguiente sin el menor ánimo de ofender. Incisiones sobre escisiones sería un libro perfecto, a mi juicio, sin la presencia del buen Dios. Como muchos dicen de Descartes, pienso que Garibay no necesitaba invitarlo a su libro. Pero esa es sólo mi opinión. Gracias.

 

José María Guadalupe Cabrera Hernández


[1] Garibay. Incisiones sobre escisiones, p. 9

[2] Heidegger, Ser y Tiempo, p. 49

[3] Platón. República X, 607b

[4] Garibay, Incisiones sobre escisiones, p. 17

[5] Id., p. 104

[6] Id., p. 17

[7] Id., p. 70

[8] Id., pp. 17-18

[9] Id., p. 9

[10] Ibid.

[11] Id., p. 17

[12] Id., p. 104

EXABRUPTO #3: ALEJANDRO JODOROWSKY Y LOS DERECHOS DE LOS HIJOS

Posted in Exabruptos with tags , , , , , on 10 octubre, 2010 by teseos30

Me choca cuando alguien me dice “Por algo pasan las cosas”. Me choca porque se me hace un abuso y una bobería imperdonable creer la “coelhada” de que “cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla” (¡recontrapuaj!) o que todos recibimos tarde o temprano nuestro merecido, o que “hay un dios, no lo olvides”. Por salud mental y moral a ese señor y sus periféricos, anexos y conexos, los mandé a paseo hace ya mucho tiempo y la verdad, desde entonces, las cosas son más sencillas, digeribles, racionales y, sobre todo, humanas (como debe de ser). No a todos los que obran bien se les trata como merecen y eso es más claro con los que obran mal. Hay gente que todo lo hacía como lo pide el manual y aun así la trataron como basura y le dieron un buen puntapié en el trasero. Hay criminales que amasan fortunas y gozan de buena salud, mientras que hay gente buena y honrada que apenas si tiene para comer y vestir, padece enfermedades atroces o es atropellada por un pinche chimeco amante del pasito duranguense. Eso es más del estilo de la indolente Madre Naturaleza que del barbón-al-que-todos-se-l’hincan.

 

Pienso que la vida se hace más bien de coincidencias; afortunadas, desafortunadas y otras, de plano, insufribles e indeseables. Hace cinco años, aproximadamente, se dieron en mi vida algunas coincidencias curiosas —en medio de algunas precisamente insufribles e indeseables— de las que narraré una que en verdad me llamó la atención por su alcance estético y moral.

 

En ese entonces impartía yo el Taller de Lectura y Redacción en el Colegio Nacional de Danza Contemporánea (CONADACO). Entre las actividades que realizábamos en clase, les pedía a mis alumnos escoger, por votación y consenso, un libro para leer en voz alta en clase. El libro debería ser una novela de un autor hispanoamericano y de mediana envergadura; lo primero, para evitar la divergencia entre traducciones y, lo segundo, para alcanzar a concluir su lectura en el semestre. Esa generación me tocó bastante “curiosita” y en la mayoría era evidente su aversión a la lectura y al trabajo, pero aun así escogieron un libro bastante choncho y que, a la postre, se mostraría de difícil lectura y comprensión para ellos —unos, incluso, me confesarían después que se arrepintieron de haberlo escogido—. Se trataba de “La danza de la realidad”, de Alejandro Jodorowsky. Era más que evidente que se habían dejado llevar por el nombre del libro que, además de no hablar sobre danza ni coreografía, no es novela, sino unas peculiares e intensas memorias de su autor.

 

El libro es muy rico y, salvo algunos puntos que en verdad me parecieron inaceptables —tanto literaria como moralmente—, está lleno de valiosas lecciones de vida. Entre estas últimas, se encuentra un pequeño discurso que me tocó en verdad. Me tocó por su belleza y profundidad. Me tocó, también, por esa coincidencia a la que hacía referencia más arriba. Trata sobre los derechos de los hijos y me llegó porque en ese momento mi hijo venía en camino; me hizo evidentes algunos errores que cometí y que pude haber evitado de haber tenido claros la mente y el corazón. También me mostró algunos errores que mis padres cometieron conmigo y mis hermanos, y que quizá le sean imputables a la mayoría de los padres del mundo. Pero definitivamente, me llevó a la decisión de tomar en serio mi condición de padre en ciernes —ignorante, inexperto, y por lo mismo, peligroso— y hacer el compromiso de hacer todo lo posible para no protagonizar un pésimo papel en el capítulo más determinante de la vida de mi hijo aún nonato. Y aun con esas intenciones, falla uno; “pior” les va a quienes ni siquiera tienen la conciencia o la voluntad.

 

Como heideggeriano a ultranza, empedernido y recalcitrante, considero que efectivamente estamos arrojados en este mundo y que los responsables de ese “arrojamiento” son nuestros padres; y que al asumir nosotros ese mismo papel, somos nosotros quienes arrojamos a nuestros hijos —sin tomarles parecer— a una existencia frágil, difícil, llena de vicisitudes y que sólo tiene a la muerte por salida. Como dice Heidegger, estamos arrojados a la libertad y responsabilidad de nuestras posibilidades; pero lo que no dijo don Martín, es que los padres somos los responsables de arrojar a un inocente Dasein a ese predicamento. Y no hay vuelta de hoja, la asumamos o no, la responsabilidad está ahí y yo diría que es, sin lugar a dudas, existenciaria y, por tanto, irrenunciable.

 

Pero, bueno, volviendo a Jodorowsky y a la coincidencia. Les decía que el discurso me llegó en buen momento, que me tocó estética y moralmente por su belleza y profundidad, y es por eso que hoy lo quiero compartir con ustedes. Como hijos, verán a sus padres de otra manera. Si son padres o están a punto de serlo o desean serlo —y si además tienen dignidad, vergüenza, conciencia y no son cínicos o brutos (o ambas cosas)— este texto los despertará, los tocará —como lo hizo conmigo— y necesariamente los inspirará a ser buenos “arrojadores”. Provechito:

 

“Antes que nada, deberías tener el derecho a ser engendrado por un padre y una madre que se amen, durante un acto sexual coronado por un mutuo orgasmo, para que tu alma y tu carne obtengan como raíz el placer. Deberías tener el derecho a no ser un accidente ni una carga, sino un individuo esperado y deseado con toda la fuerza del amor, como un fruto que ha de otorgar sentido a la pareja, convirtiéndola en familia. Deberías tener el derecho a nacer con el sexo que te ha dado la naturaleza. (Es un abuso decir ‘Esperábamos un hombre y fuiste mujer’, o viceversa). Deberías tener el derecho a ser tomado en cuenta desde el primer mes de tu gestación. En todo momento la embarazada debería aceptar que es dos organismos en vías de separación y no uno solo que se expande…

 

Deberías tener el derecho a una profunda colaboración: la madre debe querer parir tanto como el niño o la niña quieren nacer. El esfuerzo será mutuo y bien equilibrado. Desde el momento en que este universo te produce es tu derecho tener un padre protector que esté, durante tu crecimiento, siempre presente. Así como a una planta sedienta se le da agua, cuando te interesas por una actividad tienes derecho a que te ofrezcan el mayor número de posibilidades para que, en el sendero que elegiste, te desarrolles. No has venido a realizar el plan personal de los adultos que te imponen metas que no son las tuyas, la principal felicidad que te otorga la vida es permitirte llegar a ti mismo. Deberías de tener el derecho a poseer un espacio donde poder aislarte para construir tu mundo imaginario, a ver lo que quieras sin que tus ojos sean limitados por morales caducas, a oír aquello que desees aunque sean ideas contrarias a las de tu familia. No has venido a realizar a nadie sino a ti mismo, no has venido a ocupar el sitio de ningún muerto, mereces tener un nombre que no sea el de un familiar desaparecido antes de tu nacimiento: cuando llevas el nombre de un difunto es porque te han injertado un destino que no es el tuyo, usurpándote la esencia. Tienes pleno derecho a no ser comparado, ningún hermano o hermana vale más o vale menos que tú, el amor existe cuando se reconoce la esencial diferencia. Deberías de tener el derecho a ser excluido de toda pelea entre tus familiares, a no ser tomado como testigo en las discusiones, a no ser receptáculo de sus angustias económicas, a crecer en un ambiente de confianza y seguridad. Deberías de tener el derecho a ser educado por un padre y una madre que se rigen por ideas comunes, habiendo ellos en la intimidad aplanado sus contradicciones. Si se divorciaran, deberías tener el derecho a que no te obliguen a ver a los hombres con los ojos resentidos de una madre ni a las mujeres con los ojos resentidos de un padre. Deberías de tener el derecho a que no se te arranque del sitio donde tienes tus amigos, tu escuela, tus profesores predilectos. Deberías de tener el derecho a no ser criticado si eliges un camino que no estaba en los planes de tus progenitores; a amar a quien desees sin necesidad de aprobación; y, cuando te sientas capaz, a abandonar el hogar y partir a vivir tu vida; a sobrepasar a tus padres, ir más lejos que ellos, realizar lo que ellos no pudieron, vivir más años que ellos. En fin, deberías tener el derecho a elegir el momento de tu muerte sin que nadie, en contra de tu voluntad, te mantenga con vida.”

 

Alejandro Jodorowsky

“La danza de la realidad. Memorias”

Ed. Grijalbo Mondadori

México 2001

pp. 68-70

 

 

 

 

Alejandro Jodorowsky

 

Visiten a este maestrazo en su blog:

http://planocreativo.wordpress.com/

EXABRUPTO #2: 2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA

Posted in Exabruptos with tags , on 2 octubre, 2010 by teseos30

Monumento a los Caídos del 2 de octubre de 2008

Mientras existan hombres y mujeres conscientes, sensibles, amantes de la justicia y de la verdadera y plena libertad, el crimen del 2 de octubre de 1968 no será olvidado. El día que esa carnicería -y todas las demás que han cometido nuestros tiranos sexenales- se nos olvide, entonces es que nos habremos convertido en un pueblo digno de las penas que nos azotan. De nada valdrán las quejas y lamentos, pues bien merecidos tendremos los tormentos y atropellos.

Los gobiernos tienen responsabilidades, sí; pero también los pueblos. Pasamos a la picota de la Historia a los sátrapas, pero pocas veces a las turbas serviles, enajenadas y brutales que los erigen. En ese entonces teníamos la justificación de la imposición de nuestros reyezuelos. En ese entonces este gorila miserable y sanguinario nos gobernaba porque nos lo impusieron:

Ahora que tenemos la oportunidad de cambiar la ruta de nuestra historia, seguimos prefiriendo la misma basura de siempre (verbigracia: pudiendo hacer una elección inteligente, nuestro pueblo -e incluso buena parte de nuestra selecta e “infalible” intelligentsia–  votó por ese esperpento ridículo y tragicómico de Vicente Fox). Ya no tenemos excusa. Si en las urnas ratificamos a nuestros verdugos, entonces no nos quejemos y admitamos que somos un país que le encanta el látigo y dar las nachas en bandeja de plata. Ya, ya admitámoslo, nos encanta vitorear a la plutocracia, nos encanta el fasto principesco, nos encanta ponernos de alfombra para el Emperador en turno. ¿Verdad que sí?

Además, también nos encanta hacerle el fuchi  a los que en verdad defienden nuestros intereses, y de pinches nacos no los bajamos; y hasta celebramos si el sistema los encarcela o los asesina: “Pinche agitador, se lo merecía”, “Era comunista el cabrón: qué bueno que se lo echaron” (me pregunto si los que así sentencian tendrán el suficiente seso para leer y entender una sola página de Marx -y no precisamente de Groucho-). Claro, da más caché ser lacayo que ciudadano. Es re’bonito servirle a la nobleza, nos da más categoría. Chance y hasta regresa un día esa bonita costumbre de  la prima notte para que un niño nice deje embarazada a nuestra vieja y tengamos un chulo rorro con toda la jeta del patrón. ¿Sería bonito, verdá?

Ya veremos en 2012 si aprendimos la lección o si en verdad, además de ser la nación de la desidia, somos también la nación del eterno masoquismo. Mientras tanto, me atrevo a decir una vez más:

¡2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA!

La serenidad del mausoleo de los héroes,

la calma indolente de los mataderos

después de la tragedia y la hecatombe.

Bella tranquilidad

que contiene

la explosión de lo tremendo…

¡Ni perdón ni olvido!