ANTIPOÉTICA #2: ELEGÍA AL GRAN PAN

  

ANTÍFONA DEL PROFETA EXILIADO 

LASCIATE OGNE SPERANZA, 

VOI CH’INTRATE 

 

 

Tras 5000 años, 

oculto en la bruma 

y el silencio, 

vuelve de su exilio 

el Profeta. 

 

Atrás 

—muy atrás— 

quedaron las revelaciones 

de su numen nocturno. 

Los tiempos dulces 

de la posesión y el éxtasis. 

 

Un sacrilegio atroz 

por la vida de Euforión 

le volvió odioso 

a los ojos de cielos, 

tierra e infiernos. 

 

“¡Maldito sea el Aedo, 

mil veces mil, 

por arrojar 

a los dioses 

a un mar de sangre!” 

Resuena así la sentencia 

en el desierto del cosmos. 

Mas, en verdad os digo, 

¡Vociferad! 

¡Maldecid! 

¡Borrad toda memoria mía 

del Libro y el Tiempo! 

 

Ha llegado el día 

—tan temido, tan deseado— 

de volver a pulsar mi lira 

y fabricar mi propia Luz 

con este amargo canto… 

 

 

EL GRAN PAN HA MUERTO 

El gran Pan ha muerto. 

Y, ante el trono vacío, 

por fin se hará un silencio eterno 

en los Cielos, 

en el Coatepéc, 

en el Olimpo. 

 

Son los fieles de la Deidad 

sus primeros verdugos, 

tintas son sus manos 

con la sangre de su Numen. 

Por amor a la Verdad 

la desnudaron y flagelaron, 

le arrancaron la púrpura, 

el anillo y la corona. 

Enredaron y mesaron 

los cabellos de las ninfas. 

Sif de nuevo corta 

sus largas trenzas 

de trigo áureo. 

Las musas han dejado 

el Helicón. 

 

¡Dante, Dante! 

¡Beatriz del Cielo 

se ha despeñado! 

“No es así, 

hermano, 

no es así. 

He sido yo 

quien la ha expulsado…” 

¡Mientes , Vate, Mientes! 

Sabemos 

que a región oculta 

la has enviado. 

¿Por qué, 

Dante 

por qué? 

“Inevitablemente, 

seré quien antes no era 

y caminaré 

por donde antes no transitaba. 

No importa que no me reconozcan 

y que me juzguen por ello. 

Feliz lo hago, 

pues recibo una gran recompensa 

que, del mundo, mejora todos los bienes…” 

 

¡Vae victis! 

Penetrante es el dolor del alma 

al pisar los huesos 

de los Dioses derribados. 

¡Ah! ¿Quién fue el Profeta maldito 

de esta hora impía? 

Ni poeta 

ni profeta, hermano, 

sólo fue el silencio 

su pesada, infame 

profecía. 

 

Ha llegado el día, 

todo se ha consumado; 

aunque ardamos en Fuego Nuevo, 

Tonatiuh no saldrá mañana 

y la Aurora perderá sus rosas alas. 

Trece apostolesas 

en el cenáculo 

devoran la carne del Maestro, 

se embriagan con su sangre. 

 

¿Qué ocupará, pues, 

el lugar de los templos, 

los altares y las aras…? 

¿Qué será de los bosques 

y de los montes sacros? 

¿Qué de las hecatombes, 

libaciones y ofrendas? 

El Absoluto, hermano, 

sólo dará su solio 

a la Absoluta Nada, 

su obscura y gemela hermana. 

Dulce pena 

es entonces 

la que nos espera, 

hermano, 

pues aunque amargo 

e hiriente, 

bello es el rostro 

de la Divina Muerte. 

 

Aunque huya la prima 

y postrera estrella, 

aunque fenezca el beso 

en los labios de Madre Gea; 

estrella y beso 

palpitan siempre 

en el corazón de la Tiniebla. 

 

¡Reposaré, 

reposaré de nuevo 

en tu invocación, 

Angustia Cancerbera! 

 

Una isla yerma, 

rocosa y seca; 

una anciana calva, 

marchita y desdentada; 

una zarza apagada 

en la cumbre del Horeb; 

cantan esta elegía 

que se entona al revés: 

“¡EL GRAN PAN HA MUERTO, 

NADA VIENE DESPUÉS DE ÉL!” 

 

JOSÉ MARÍA GUADALUPE CABRERA HERNÁNDEZ 

27 de septiembre de 2010

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