Archivo para septiembre, 2010

ANTIPOÉTICA #2: ELEGÍA AL GRAN PAN

Posted in Antipoéticas on 27 septiembre, 2010 by teseos30

  

ANTÍFONA DEL PROFETA EXILIADO 

LASCIATE OGNE SPERANZA, 

VOI CH’INTRATE 

 

 

Tras 5000 años, 

oculto en la bruma 

y el silencio, 

vuelve de su exilio 

el Profeta. 

 

Atrás 

—muy atrás— 

quedaron las revelaciones 

de su numen nocturno. 

Los tiempos dulces 

de la posesión y el éxtasis. 

 

Un sacrilegio atroz 

por la vida de Euforión 

le volvió odioso 

a los ojos de cielos, 

tierra e infiernos. 

 

“¡Maldito sea el Aedo, 

mil veces mil, 

por arrojar 

a los dioses 

a un mar de sangre!” 

Resuena así la sentencia 

en el desierto del cosmos. 

Mas, en verdad os digo, 

¡Vociferad! 

¡Maldecid! 

¡Borrad toda memoria mía 

del Libro y el Tiempo! 

 

Ha llegado el día 

—tan temido, tan deseado— 

de volver a pulsar mi lira 

y fabricar mi propia Luz 

con este amargo canto… 

 

 

EL GRAN PAN HA MUERTO 

El gran Pan ha muerto. 

Y, ante el trono vacío, 

por fin se hará un silencio eterno 

en los Cielos, 

en el Coatepéc, 

en el Olimpo. 

 

Son los fieles de la Deidad 

sus primeros verdugos, 

tintas son sus manos 

con la sangre de su Numen. 

Por amor a la Verdad 

la desnudaron y flagelaron, 

le arrancaron la púrpura, 

el anillo y la corona. 

Enredaron y mesaron 

los cabellos de las ninfas. 

Sif de nuevo corta 

sus largas trenzas 

de trigo áureo. 

Las musas han dejado 

el Helicón. 

 

¡Dante, Dante! 

¡Beatriz del Cielo 

se ha despeñado! 

“No es así, 

hermano, 

no es así. 

He sido yo 

quien la ha expulsado…” 

¡Mientes , Vate, Mientes! 

Sabemos 

que a región oculta 

la has enviado. 

¿Por qué, 

Dante 

por qué? 

“Inevitablemente, 

seré quien antes no era 

y caminaré 

por donde antes no transitaba. 

No importa que no me reconozcan 

y que me juzguen por ello. 

Feliz lo hago, 

pues recibo una gran recompensa 

que, del mundo, mejora todos los bienes…” 

 

¡Vae victis! 

Penetrante es el dolor del alma 

al pisar los huesos 

de los Dioses derribados. 

¡Ah! ¿Quién fue el Profeta maldito 

de esta hora impía? 

Ni poeta 

ni profeta, hermano, 

sólo fue el silencio 

su pesada, infame 

profecía. 

 

Ha llegado el día, 

todo se ha consumado; 

aunque ardamos en Fuego Nuevo, 

Tonatiuh no saldrá mañana 

y la Aurora perderá sus rosas alas. 

Trece apostolesas 

en el cenáculo 

devoran la carne del Maestro, 

se embriagan con su sangre. 

 

¿Qué ocupará, pues, 

el lugar de los templos, 

los altares y las aras…? 

¿Qué será de los bosques 

y de los montes sacros? 

¿Qué de las hecatombes, 

libaciones y ofrendas? 

El Absoluto, hermano, 

sólo dará su solio 

a la Absoluta Nada, 

su obscura y gemela hermana. 

Dulce pena 

es entonces 

la que nos espera, 

hermano, 

pues aunque amargo 

e hiriente, 

bello es el rostro 

de la Divina Muerte. 

 

Aunque huya la prima 

y postrera estrella, 

aunque fenezca el beso 

en los labios de Madre Gea; 

estrella y beso 

palpitan siempre 

en el corazón de la Tiniebla. 

 

¡Reposaré, 

reposaré de nuevo 

en tu invocación, 

Angustia Cancerbera! 

 

Una isla yerma, 

rocosa y seca; 

una anciana calva, 

marchita y desdentada; 

una zarza apagada 

en la cumbre del Horeb; 

cantan esta elegía 

que se entona al revés: 

“¡EL GRAN PAN HA MUERTO, 

NADA VIENE DESPUÉS DE ÉL!” 

 

JOSÉ MARÍA GUADALUPE CABRERA HERNÁNDEZ 

27 de septiembre de 2010

ANTIPOÉTICA #1: ÁSPERA PATRIA

Posted in Antipoéticas on 20 septiembre, 2010 by teseos30

 

ÁSPERA PATRIA

 

 

Áspera Patria,

Madre Dolorosa,

perdona el verso oscuro

y la mirada turbia;

perdona que te hable

—ahora,

precisamente ahora—

que tu falda blanca

se torna roja.

 

 

 

 

Perdona, Madre,

que tire de los jirones

de tu rebozo gastado

y de las negras hebras

de tu pelo destrenzado.

 

 

 

 

Perdona, Madre Herida,

que llore en tu regazo;

perdona a este hijo que,

aferrado a tus caderas,

besa tus pies

de arcilla milenaria.

 

 

 

 

Perdona, Madre,

que te distraiga

y te moleste

—ahora,

precisamente ahora—

que, de Austro a Norte,

surcado está

tu rostro moreno

de fiesta y duelo.

 

 

 

 

Te maquillaron, Madre,

te maquillaron;

pintaron tus labios bellos

de fuego y alegría.

Danzaron para ti, Madre,

te dieron flor y canto,

te hicieron ofrendas;

y los teocalli y seos

entre luces y copales

de nuevo te glorificaron.

 

 

Perdona, Madre,

que sólo traiga trenos

y marchito zempoalxóchitl

a tu altar de negro xaltocan.

 

 

Perdona, Nonantzin,

perdona las cenizas

en mi pelo crespo y enredado.

Perdona, Madre,

pero es que…

yo no soy como ellos.

 

 

 

 

Perdona, Madre,

pero malas nuevas

son las que traigo:

de Veracruz

a los Cabos,

y de Mexicali

al Caribe turquí,

mueren de hambre tus hijos,

trábanse de odio y sangre,

mátanse fieros entre sí.

 

 

 

 

En tus resecos

y bermejos desiertos

fallecen los hijos del Venado y el Coyote,

del Hikuri y la flecha encendida.

En la cabellera de tus glaucos sotos,

en la selva esmeralda de Chiapas

—bañada en relente de ámbar—,

en la rosa cantera de Ndamaxei,

en la Gran Chichimecatlalli,

en los pueblos sepultados

por el cristal y el acero,

en las grises aceras

de la urbes.

Mueren tus hijos, Madre,

y a nadie le importa.

Mueren tus hijos, Madre,

y pocos son los que lloran.

 

 

 

 

Dicen que ha 200 años,

Madre,

eres libre y soberana.

Dicen que ha 200 años,

Madre,

tus héroes y mártires

con su sangre te rescataron.

 

 

Pero en el rostro de tus hijos,

Madre,

el hierro candente,

el látigo inclemente,

la discriminación indolente,

siguen asomándose

con cínico gesto.

 

 

 

 

A golpe de hacha,

Madre,

—sin risas

ni gritos de muchacha—

acaban con tus florestas,

tus nieblas y tus fuentes.

El Diablo se quedó

con las escrituras

y los veneros del petróleo;

se instaló en los palacios,

en los templos,

es negro y torvo pájaro

de oficio político y narco.

 

 

 

 

Fenece en tu superficie el maíz,

y veneno siembran por doquier.

Tu provincia mendiga

por mendrugos y centavos.

 

 

 

 

Madre Patria: tu mutilado territorio

se viste de sayal, de pena y hambre.

Pero, Áspera Patria,

tu casa aún es tan grande

que mil ladrones y asesinos

quieren saquearla

y robar nuestro destino.

 

 

 

 

Madre Patria,

raptarte quieren

en opacas madrugadas,

a disparos de cañón,

y entre mañas policíacas.

 

 

 

 

Nuestra juventud,

llora mientras,

ora oculta y tremorosa,

ora ebria y enajenada,

por un mañana

que sabe y huele a nada.

 

 

 

 

Torna, Madre,

torna tu mirada mestiza,

rubia, morena,

amarilla, mulata

a este negro aquelarre.

 

 

 

Vuelve a sonreír,

enséñanos nuevamente

lo que es el valor,

la libertad

y la justicia.

Vuelve a decir sí,

más al triste que al feliz,

más al pobre que al potentado;

vuelve a enseñarnos

esa, tu lengua de amor,

pues la hemos olvidado.

La cambiamos por

el canto del dinero

y la explotación de

nuestros hermanos.

 

 

 

 

Áspera Patria,

Madre Dolorosa,

perdona el verso oscuro

y la mirada turbia;

perdona que te hable,

que te distraiga,

que llore en tu regazo,

pero la fiesta

ha terminado.

 

 

 

 

No puedes,

—no podemos—

seguir siendo iguales,

ni fieles al espejo diario.

Tiempo es ya de mudar

y despertar,

no somos un sombrero,

ni unas trenzas

ni unos tacos.

Somos bronce ardiente,

mar de lava,

el voraz fuego

del hierro incandescente.

 

 

Madre Patria,

la fiesta ha terminado…

 

 

JOSÉ MARÍA GUADALUPE CABRERA HERNÁNDEZ

19 de septiembre de 2010